La noticia llegó desde España antes que desde Tomás.
Valentina estaba en la redacción cuando escuchó su nombre.
No el suyo.
El de él.
—Subí el volumen —dijo alguien desde el escritorio de deportes.
Uno de los televisores colgados en la pared mostraba un programa deportivo español. En la parte inferior de la pantalla, una franja roja avanzaba con letras blancas.
Valentina intentó no mirar.
Fracasó.
ATLÉTICO DE MADRID NEGOCIA POR TOMÁS FERRERO.
Sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Es oficial? —preguntó Martín.
—Parece que hicieron una oferta —respondió otro periodista.
—¿Cuánto?
—Treinta y dos millones.
Un silbido recorrió la redacción.
—Lo venden seguro.
—Si vuelve bien de la lesión.
—Dicen que lo quieren para enero.
Valentina permaneció frente a su computadora.
El cursor parpadeaba.
Llevaba cinco minutos intentando escribir una nota sobre el partido del fin de semana de un equipo que no tenía absolutamente nada que ver con Tomás.
No había conseguido terminar el primer párrafo.
En la televisión mostraban goles.
El primero contra un rival brasileño.
El segundo en un clásico.
Después aquel cabezazo.
El gol del minuto ochenta y siete.
El gesto.
Dos dedos en la sien.
Después hacia ella.
Valentina bajó la mirada.
Habían pasado nueve días desde el escándalo.
Nueve días desde que le había pedido distancia.
Tomás había respetado su decisión.
No había llamado.
No había escrito.
No había aparecido.
Nada.
Ella había esperado exactamente eso.
Y lo odiaba.
—Rojas.
Levantó la cabeza.
Santiago estaba junto a su escritorio.
—¿Tenés un minuto?
—Sí.
Entraron a su oficina.
Santiago cerró la puerta.
—Supongo que ya viste.
—Es difícil no verlo.
—La oferta es real.
Valentina intentó mantener la expresión neutral.
—Bien por él.
Santiago la observó.
—No tenés que hacer eso conmigo.
—¿Hacer qué?
—Actuar como si fuera un nombre más.
Ella cruzó los brazos.
—Estoy trabajando.
—Precisamente.
Santiago se sentó.
—Dirección tomó una decisión.
Valentina sintió que el estómago se tensaba.
—¿Sobre mí?
—Volvés a deportes.
Ella tardó en reaccionar.
—¿Qué?
—A partir del lunes.
—¿Al equipo?
—No todavía.
La alegría se moderó.
—Pero volvés a cubrir fútbol. El comunicado de Ferrero ayudó. También ayudó que varios colegas salieran a respaldarte.
Valentina miró hacia la ventana.
—Entonces ya pasó.
Santiago negó lentamente.
—No. Pero está pasando.
Ella asintió.
Era suficiente.
Debía serlo.
—Gracias.
—No me agradezcas. Te corresponde.
Valentina se levantó.
—Hay otra cosa.
Se detuvo.
Santiago señaló la televisión.
—Si Ferrero se va, quiero que alguien cubra la transferencia.
Ella soltó una risa incrédula.
—No.
—No dije que fueras vos.
—Bien.
—Pero necesitaba saber si podrías hacerlo.
Valentina lo miró.
—¿Por qué?
—Porque tarde o temprano vas a tener que decidir si podés volver a escribir sobre él.
—Ya escribí sobre él.
—El perfil nunca salió.
Silencio.
—¿Todavía lo tenés?
—Sí.
—No lo borres.
Valentina frunció el ceño.
—Pensé que no podían publicarlo.
—Dije que no podíamos publicarlo en medio del escándalo.
—¿Y ahora?
—Ahora tampoco.
Santiago sonrió apenas.
—Pero las historias buenas suelen saber esperar.
A la una y cuarto, el teléfono de Valentina vibró.
Estaba almorzando sola en una cafetería cerca del canal.
Número conocido.
Tomás.
El corazón reaccionó antes que ella.
Miró la pantalla.
No abrió el mensaje inmediatamente.
Terminó un sorbo de café.
Respiró.
Después lo leyó.
Supongo que ya lo viste.
Valentina apoyó el teléfono sobre la mesa.
Podía ignorarlo.
Había pedido distancia.
Él la había respetado.
Pero aquello no era un mensaje cualquiera.
Escribió:
Sí.
Tomás respondió casi inmediatamente.
Todavía no decidí nada.
Valentina se quedó mirando las palabras.
¿Por qué se lo aclaraba?
No tenés que explicarme.
Los tres puntos aparecieron.
Quiero hacerlo.
Ella sintió que algo se abría dentro del pecho.
Es una gran oportunidad.
Esta vez Tomás tardó.
Eso dicen todos.
Valentina recordó la entrevista.
Todo el mundo piensa que el sueño es irse.
Escribió:
¿Vos qué decís?
Pasó un minuto.
Después otro.
Finalmente:
No sé.
Valentina cerró los ojos.
El mismo Tomás.
El hombre que podía enfrentar a dos defensores sin dudar pero quedaba paralizado frente a una decisión que afectaba su vida.
El teléfono volvió a vibrar.
¿Podemos hablar?
Valentina sintió miedo.
No por la prensa.
No esta vez.
Por lo que aquella conversación podía significar.
Escribió:
¿Dónde?
Se encontraron en un parque alejado del centro.
Nada de estadios.
Nada de cafés concurridos.
Nada de lugares donde pudiera haber cámaras.
Valentina llegó primero.
Tomás apareció diez minutos después.
Caminaba sin dificultad.
Eso fue lo primero que ella notó.
—Estás mejor.
Él miró su rodilla.
—Hola a vos también.
Valentina sonrió apenas.
—Hola.
Tomás se detuvo a un metro.
Ninguno sabía si abrazarse.