El fútbol tenía una manera cruel de reducir una temporada entera a noventa minutos.
Meses de entrenamientos.
Victorias.
Derrotas.
Lesiones.
Rumores.
Titulares.
Todo podía terminar dependiendo de una pelota que entrara o no en un arco.
Valentina lo sabía.
Había escrito sobre finales durante diez años.
Había visto jugadores convertirse en héroes en cuestión de segundos y otros cargar durante años con un penal errado.
Pero nunca había vivido una final como aquella.
Porque esta vez Tomás estaba dentro de la cancha.
Y ella ya no podía fingir que era solamente un jugador.
—¿Estás nerviosa?
Martín dejó la cámara sobre la mesa de la cabina.
Valentina no apartó la mirada del campo.
—No.
—Mentira.
—Estoy trabajando.
—Mentira número dos.
Ella finalmente lo miró.
—¿Viniste a grabar o a analizarme?
—Puedo hacer las dos cosas.
Valentina volvió hacia el campo.
Faltaban treinta minutos para el comienzo.
Las tribunas estaban completamente llenas.
Banderas rojas y blancas cubrían las gradas. Miles de papelitos esperaban ser lanzados cuando los jugadores aparecieran.
El campeonato había llegado a la última fecha con dos equipos separados por un punto.
El club de Tomás estaba primero.
Un empate alcanzaba.
Una victoria los consagraba campeones.
Una derrota podía dejar todo en manos del resultado del perseguidor.
Y Tomás Ferrero volvía a ser titular.
Por primera vez desde la lesión.
El entrenador había sido cuestionado toda la semana.
¿Estaba preparado?
¿Era demasiado pronto?
¿Podría aguantar noventa minutos?
¿La transferencia a Europa influía en la decisión?
Tomás había respondido siempre lo mismo.
—Estoy listo.
Valentina sabía que no era completamente cierto.
Había visto la rehabilitación.
Sabía que todavía sentía molestias después de entrenamientos intensos.
Sabía que el médico había recomendado no superar los sesenta minutos.
Y sabía algo que los periodistas no.
Tomás tenía miedo.
Se lo había confesado la noche anterior.
Habían hablado por teléfono.
—¿Y si vuelve a pasar?
Valentina había permanecido en silencio.
No porque no supiera qué responder.
Porque entendía perfectamente la pregunta.
No se refería solamente a la rodilla.
Se refería a todo.
A caer.
A perder.
A que el cuerpo traicionara el futuro que estaba a punto de comenzar.
—Entonces te levantás otra vez —había dicho ella.
Tomás guardó silencio.
—Qué fácil.
—Nunca dije que fuera fácil.
—Usás mucho esa frase.
—Porque vos hacés muchas preguntas imposibles.
Él había reído.
Después, antes de cortar, dijo:
—Mañana buscame.
—¿Dónde?
—En la cancha.
Valentina había entendido.
Las luces del estadio se apagaron.
El rugido comenzó.
Los jugadores aparecieron en el túnel.
Las tribunas explotaron.
Papelitos.
Bengalas.
Cantos.
Valentina sintió un escalofrío.
Tomás salió último.
Número nueve.
La cinta protectora apenas visible debajo de la media derecha.
El estadio coreó su apellido.
—¡FERRERO!
—¡FERRERO!
—¡FERRERO!
Tomás levantó una mano.
Después miró hacia arriba.
Valentina dejó de respirar.
La buscó.
Entre cientos de personas.
Entre cámaras.
Entre periodistas.
Hasta encontrarla.
Sus ojos se cruzaron.
Tomás se llevó dos dedos a la sien.
El mismo gesto.
Después señaló hacia ella.
Valentina sintió que todo desaparecía.
Martín la miró.
—Esta vez no podés decir que era para la cámara.
Ella sonrió.
—Grabá el partido.
—Sí, jefa.
El silbato sonó.
Minuto uno.
La final comenzó.
El rival presionó desde el primer instante.
No había especulación.
Necesitaban ganar.
A los cuatro minutos tuvieron la primera oportunidad.
Remate desde afuera.
El arquero local desvió al córner.
Valentina escribió rápidamente.
Intentaba mantener el ritmo habitual.
Minuto.
Jugada.
Resultado.
Pero sus ojos regresaban constantemente hacia Tomás.
Cada vez que apoyaba la pierna derecha.
Cada vez que aceleraba.
Cada vez que un defensor se acercaba.
A los once minutos recibió una falta.
Valentina sintió que el corazón se detenía.
Tomás cayó.
El estadio protestó.
Ella se levantó.
Él rodó sobre el césped.
Después se incorporó.
Valentina soltó el aire.
—Esto va a matarte —dijo Martín.
—Callate.
—No es una crítica.
Tomás volvió a correr.
Minuto diecinueve.
Centro desde la izquierda.
Cabeceó.
Afuera.
Minuto veintisiete.
Remate desde la medialuna.
Atajada.
Minuto treinta y cuatro.
El rival marcó.
Silencio.
Un silencio brutal.
El delantero visitante aprovechó un error defensivo y definió junto al poste.
Cero a uno.
Valentina anotó el gol.
La tabla virtual cambió.
Con aquel resultado, el campeonato dependía del otro partido.
El estadio comenzó a impacientarse.
Los pases se volvieron imprecisos.
Las decisiones apresuradas.
Tomás retrocedía cada vez más para buscar la pelota.
—Está forzando —dijo Martín.
Valentina lo sabía.
Minuto cuarenta y dos.
Tomás recibió cerca del área.
Giró.
Dos defensores.
Avanzó.
Uno intentó cerrarlo.
Tomás amagó hacia la derecha.
Valentina sintió miedo.
La rodilla.
Pero él siguió.
Remató.
Travesaño.
El sonido metálico atravesó el estadio.
Tomás se llevó las manos a la cabeza.
Valentina cerró los ojos.