La fotografía del beso apareció a las nueve y cuatro de la mañana.
Esta vez Valentina no sintió miedo.
Sintió cansancio.
La imagen era hermosa.
Eso era casi ofensivo.
El estadio vacío detrás de ellos. Papelitos blancos y rojos cubriendo el césped. Las luces todavía encendidas. Tomás inclinado hacia ella en el centro del campo y Valentina con una mano apoyada sobre su pecho.
Parecía una escena preparada.
No lo había sido.
Alguien había estado allí.
Alguien siempre estaba allí.
El titular decía:
FERRERO FESTEJÓ EL CAMPEONATO CON VALENTINA ROJAS: EL BESO QUE CONFIRMA EL ROMANCE DEL AÑO
Valentina dejó el teléfono sobre la mesa.
—Bueno.
Tomó un sorbo de café.
El aparato volvió a vibrar.
Martín.
Por favor decime que no estás leyendo comentarios.
Valentina respondió:
No.
Era mentira.
Había leído tres.
El primero decía que hacían linda pareja.
El segundo la llamaba oportunista.
El tercero aseguraba que Tomás merecía alguien “más joven y menos complicada”.
Había cerrado la aplicación después de eso.
Progreso.
El teléfono sonó.
Tomás.
Valentina contestó.
—Buenos días, campeón.
—Eso sonó peligrosamente cariñoso.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Valentina sonrió.
—Supongo que viste la foto.
—Sí.
—¿Estás bien?
Ella miró por la ventana.
—Sí.
Tomás guardó silencio.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿No querés que saque otro comunicado?
—Dios, no.
Él rió.
—Podría hacerlo.
—Prohibido.
—“La señorita Rojas me obligó a besarla bajo amenaza”.
—Tomás.
—“Yo intenté resistirme”.
—Voy a cortar.
—“Pero su agresiva estrategia periodística…”
Valentina comenzó a reír.
—Sos un idiota.
—Funcionó.
—¿Qué?
—Te hice reír.
El silencio cambió.
—Sí —dijo ella.
Tomás bajó la voz.
—Me alegra que estés bien.
—Yo también.
—Hoy tengo reunión con mi representante.
Madrid.
La palabra no necesitaba ser pronunciada.
—¿Contrato?
—Sí.
—¿Cuándo?
—A las once.
—¿Estás nervioso?
—Muchísimo.
Valentina sonrió.
—Bien.
—¿Bien?
—Significa que importa.
Tomás guardó silencio.
—Me acuerdo.
—Más te vale.
—Te llamo después.
—Dale.
Antes de cortar, él dijo:
—Vale.
—¿Sí?
—Anoche…
Ella esperó.
—Fue perfecto.
Valentina miró el café.
—Sí.
—Aunque probablemente haya sido el beso menos secreto de la historia.
—Tenemos un talento especial.
—Nos vemos después.
—Suerte.
La llamada terminó.
Valentina apoyó el teléfono sobre la mesa.
Madrid estaba más cerca.
Y por primera vez no sintió la necesidad de correr.
La reunión duró cuatro horas.
Tomás salió del edificio de su representante cerca de las tres de la tarde.
Había periodistas esperando.
Micrófonos.
Cámaras.
Preguntas.
—¡Tomás! ¿Está cerrado lo de España?
—¿Cuándo viajás?
—¿Firmaste?
—¿Valentina te acompaña?
Aquella última pregunta lo detuvo.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para que todas las cámaras se acercaran.
Tomás respiró.
Su representante le había dado instrucciones claras.
No hablar de Valentina.
No confirmar.
No negar.
La transferencia debía ser la noticia.
Nada más.
—Estamos avanzando con el contrato —dijo—. Todavía quedan detalles.
—¿Te vas en enero?
—Si todo sale bien.
—¿Qué significa esta oportunidad?
Tomás miró hacia los periodistas.
—Muchísimo.
—¿Es el sueño de tu carrera?
Pensó.
Años atrás habría respondido que sí sin dudar.
Ahora no estaba seguro de creer en sueños únicos.
—Es una oportunidad enorme.
Otra voz:
—¿Y tu relación con Valentina Rojas?
Su representante dio un paso.
—Última pregunta deportiva.
Pero Tomás levantó una mano.
—Está bien.
Miró al periodista.
—Mi relación con Valentina no tiene nada que ver con mi transferencia.
—¿Pero están juntos?
Tomás sonrió apenas.
—Eso pregúntenselo a ella.
Los periodistas rieron.
—¿Estás enamorado?
La pregunta lo sorprendió.
Tomás dejó de sonreír.
Su representante intervino.
—Terminamos.
Lo tomó suavemente del brazo.
Tomás caminó hacia el auto.
Pero la pregunta lo acompañó.
¿Estás enamorado?
—Te preguntaron si estás enamorado.
Valentina estaba apoyada contra el escritorio de Martín.
—Ya sé.
—¿Cómo sabés?
—Internet.
—Ah.
Martín tomó un café.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué habría respondido?
Valentina lo miró.
—No tengo idea.
—Mentira.
—¿Por qué todo el mundo se convirtió en experto en mis mentiras?
—Porque son bastante malas.
Valentina regresó a su escritorio.
Su situación laboral había comenzado a normalizarse.
Cubría fútbol otra vez.
No el club de Tomás.
Pero fútbol.
Era suficiente.
Por ahora.
Abrió el correo.
Había un mensaje nuevo.
De Clara Benítez.
Reunión. 16:00.
Valentina sintió una pequeña tensión.
A las cuatro entró en la oficina de dirección.
Clara estaba sola.
—Sentate.
—¿Pasó algo?
—Depende de cómo lo mires.
Valentina se sentó.
Clara deslizó una carpeta sobre el escritorio.
—Tenemos una propuesta.
—¿Para mí?
—Sí.
Valentina abrió la carpeta.
En la primera página había un logo que conocía perfectamente.
Una cadena deportiva internacional.
—¿Qué es esto?