Dos años después.
Los estadios eran lugares extraños cuando estaban vacíos.
Valentina siempre lo había pensado.
Sin hinchas, sin bombos, sin vendedores recorriendo las tribunas, sin periodistas discutiendo estadísticas y sin jugadores corriendo detrás de una pelota, parecían demasiado grandes.
Casi irreales.
Como si toda aquella arquitectura hubiera sido construida para guardar recuerdos.
Valentina caminó lentamente por el túnel.
Sus pasos resonaron contra las paredes.
Llevaba una acreditación colgada del cuello, una mochila sobre un hombro y la libreta negra debajo del brazo.
La misma.
Gastada.
Con las esquinas dobladas.
Mucho más llena que dos años atrás.
Había cruzado océanos con ella.
Madrid.
Londres.
París.
Milán.
Lisboa.
Manchester.
Múnich.
Había cubierto finales, clásicos, eliminatorias y mercados de pases.
Había entrevistado entrenadores que había admirado desde que era estudiante y jugadores cuyos pósteres habían ocupado habitaciones de adolescentes en todo el mundo.
Global Sports Network había renovado su contrato seis meses antes.
Esta vez por cuatro años.
Y aquella mañana había recibido un correo confirmando que sería parte del equipo de cobertura del próximo Mundial.
A veces todavía le costaba creerlo.
Había llegado.
No porque fuera la novia de Tomás Ferrero.
No porque hubiera seguido a un futbolista hasta Europa.
Había llegado porque llevaba más de una década trabajando para estar allí.
Y había aprendido, finalmente, que no necesitaba explicárselo a nadie.
—Señorita Rojas.
Valentina levantó la cabeza.
Un empleado del estadio la esperaba junto a la salida del túnel.
—Puede pasar.
—Gracias.
—Tiene aproximadamente veinte minutos. Después tenemos que cerrar el campo.
—No voy a tardar.
El hombre sonrió.
—Eso dicen todos.
Valentina rió.
—Prometo intentarlo.
Caminó hacia la luz.
Y salió al campo.
Se detuvo.
A pesar de haber estado allí decenas de veces, todavía le impresionaba.
El estadio completamente vacío.
Miles de butacas.
El césped perfecto.
Los arcos inmóviles.
Ninguna bandera.
Ningún canto.
Ninguna cámara apuntándola.
Solo silencio.
Valentina respiró profundamente.
Habían pasado dos años.
Dos años desde aquella noche en que Tomás había ganado el campeonato.
Dos años desde el beso en medio del campo.
Dos años desde que ambos habían aceptado irse a Madrid.
La vida no había sido sencilla.
Por supuesto que no.
Nada que valiera la pena parecía serlo.
Tomás había descubierto Europa de la peor manera posible.
Sentado en un banco de suplentes.
Durante sus primeros cuatro partidos no había sido titular.
En el quinto jugó diecisiete minutos.
En el sexto, ocho.
En el séptimo no entró.
Los diarios españoles comenzaron a hablar.
¿FERRERO ESTÁ PREPARADO PARA EUROPA?
Después:
TREINTA Y DOS MILLONES POR UN SUPLENTE.
Y finalmente:
EL FICHAJE QUE TODAVÍA NO RESPONDE.
Tomás fingía que no le importaba.
Valentina sabía que mentía.
Una noche lo encontró sentado en el suelo de la cocina a las dos de la mañana.
No había encendido las luces.
—¿Qué hacés?
Tomás levantó la mirada.
—Comiendo cereal.
Valentina miró el bol.
Estaba vacío.
Se sentó junto a él.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Tomás.
Él apoyó la cabeza contra la pared.
—Tal vez no soy suficientemente bueno.
Valentina no intentó convencerlo de lo contrario.
Había aprendido algo.
A veces amar a alguien no consistía en encontrar inmediatamente una solución.
A veces era simplemente sentarse en el suelo junto a esa persona mientras dudaba de todo.
—Puede ser —dijo.
Tomás la miró horrorizado.
—Excelente apoyo emocional.
—No terminé.
—Espero.
—Puede ser que no seas suficientemente bueno hoy.
Él guardó silencio.
—Entonces mañana entrenás.
Valentina tomó el bol vacío.
—Y pasado también.
Se levantó.
—Hasta que lo seas.
Tomás la observó.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Sos terrible dando discursos motivacionales.
—Y vos sos terrible comiendo cereal.
Tomás sonrió.
Tres semanas después marcó su primer gol.
Valentina estaba trabajando en Londres.
Lo vio desde la pantalla de un bar en el aeropuerto.
Tomás recibió dentro del área.
Controló.
Giró.
Remató.
Gol.
Valentina gritó.
Varias personas la miraron.
No le importó.
Tomás corrió hacia la esquina.
Sus compañeros lo alcanzaron.
Pero antes de desaparecer debajo de ellos hizo algo.
Dos dedos en la sien.
Después señaló hacia una cámara.
Valentina comenzó a reír.
El gesto había cruzado un océano.
Después llegaron más goles.
Y más partidos.
Y más problemas.
Porque ninguna historia terminaba cuando dos personas decidían estar juntas.
Eso era solamente el comienzo.
Discutieron.
Muchísimo.
Por horarios.
Por viajes.
Por mensajes sin responder.
Por cenas canceladas.
Por partidos.
Por entrevistas.
Por celos que ninguno quería admitir.
Una vez estuvieron cuatro días sin hablar porque Tomás había olvidado una fecha importante.
—No era nuestro aniversario —había protestado él.
—Era el día en que nos conocimos.
—Eso no es un aniversario.
—Perfecto.
—Vale.
—Perfecto.
—No dije que no fuera importante.
—Acabás de decir exactamente eso.
—Dije que técnicamente…
—No vuelvas a utilizar la palabra técnicamente si querés sobrevivir esta conversación.