Dónde los culpables aprenden a amar

Dónde empieza la culpa

El edificio siempre huele igual: cloro barato, café recalentado y algo más que nadie quiere nombrar. Culpa, tal vez. O miedo viejo, de ese que se queda impregnado en las paredes aunque las pinten cada seis meses.

Aprieto la carpeta contra mi pecho como si fuera un escudo. Dentro hay expedientes, números de caso, diagnósticos preliminares. Personas reducidas a hojas impresas. Me repito que eso es lo correcto aquí. Casos. Sujetos de evaluación. No hombres. No historias.
No emociones.

Es mi primer día en el programa de reinserción social y llevo semanas diciéndome que estoy preparada. Que estudié para esto. Que no vine a salvar a nadie. Que mi trabajo es escuchar, observar, registrar.
No sentir.

La puerta metálica se cierra a mi espalda con un sonido seco. Definitivo. El tipo de ruido que no deja lugar a dudas: aquí adentro no hay segundas oportunidades, solo intentos.

La sala es pequeña, demasiado blanca. Una mesa atornillada al suelo, dos sillas enfrentadas, una cámara en la esquina superior. No es para grabar, me dijeron; es para recordarles a todos que siempre hay alguien mirando. Incluso cuando no lo parece.

Reviso el expediente una vez más.
Nombre: Bruno R.
Edad: 32 años
Delito: Homicidio involuntario
Tiempo cumplido: ocho años y cuatro meses

No leo los detalles. Todavía no. Aprendí que los detalles se quedan pegados bajo la piel y luego es difícil fingir que no importan.

La puerta se abre.

No levanto la vista de inmediato. Anoto la hora, como me enseñaron. Puntualidad del interno. Buen indicio, dirían algunos. Yo no creo en los indicios.

—Puedes sentarte —digo, con voz profesional, neutra.

Escucho la silla moverse. El roce del metal contra el piso. Un cuerpo que se acomoda con cuidado, como si incluso eso pudiera ser interpretado como una amenaza.
Respiro hondo y entonces sí, levanto la mirada.

Y todo se desordena.

No es lo que esperaba. No hay dureza exagerada, ni mirada desafiante, ni esa arrogancia torpe que algunos usan como armadura. Lo que encuentro es control. Demasiado. Un hombre que aprendió a no moverse de más, a no ocupar espacio, a existir en una versión reducida de sí mismo.

Sus ojos no me recorren. No me evalúan. Se quedan fijos en un punto neutro, apenas a la izquierda de mi rostro, como si mirarme directamente fuera una falta grave.

Eso, por alguna razón, me incomoda más.

—Soy Lucía —digo—. Psicóloga en prácticas. Voy a trabajar contigo durante este proceso.

Asiente. Un gesto mínimo.

—Bruno.

Su voz es grave, pero baja. No hay desafío en ella. Tampoco súplica.

Silencio.
El manual dice que debo empezar con preguntas generales. Que deje que el interno marque el ritmo. Que observe lenguaje corporal, microexpresiones, resistencia emocional.

Nada en el manual me preparó para esta presión en el pecho.

—Este espacio es confidencial —continúo—. Mi función no es juzgarte, sino acompañar tu proceso de reintegración. Puedes hablar de lo que quieras… o no hablar, si así lo prefieres.

Otro asentimiento.

No dice nada.

Pasan segundos largos. Demasiado largos para una primera sesión. Anoto algo en la libreta solo para romper el vacío, aunque no escribo nada realmente.

—¿Sabes por qué estás aquí? —pregunto al fin.

Esta vez me mira. Directamente. Por primera vez.

No hay rencor en sus ojos. Ni tristeza evidente. Hay algo peor.
Aceptación.

—Porque hice algo que no se puede deshacer —responde.

La frase cae entre nosotros como un objeto pesado. No intenta suavizarla. No la explica. No se defiende.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda.

—Aquí trabajamos con responsabilidad emocional —digo, aferrándome al protocolo—. Parte del proceso es reconocer el impacto de nuestras acciones.

—Lo reconozco todos los días —dice él—. No necesito hablarlo para saberlo.

No debería gustarme esa respuesta. No debería sentir esta extraña mezcla de respeto y alarma.

Cierro la carpeta con un chasquido seco.

—Entonces empecemos por algo simple —digo—. ¿Qué esperas de estas sesiones?

Bruno tarda en responder. Sus manos, grandes, marcadas, descansan abiertas sobre la mesa. No están tensas. Están quietas. Como si cualquier movimiento de más pudiera volverlo alguien que ya no quiere ser.

—Nada —dice al fin—. Pero si tengo que estar aquí… prefiero no mentir.

Lo observo en silencio.

Y entiendo, con una claridad que me asusta, que este hombre no quiere redención.

Quiere aprender a vivir con lo que hizo.
No debería importarme.

Pero mientras anoto sus palabras, una idea cruza mi mente, incómoda y peligrosa:
Hay culpas que se parecen demasiado a las mías.
Y sin saber cómo, ni por qué, sé que este encuentro no va a terminar cuando su expediente se cierre.



#5223 en Novela romántica
#2002 en Otros
#164 en Aventura

En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 23.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.