No me gusta que me miren durante demasiado tiempo.
Aprendí eso adentro.
Cuando alguien te observa sin hablar, no es curiosidad: es cálculo. Por eso fijo la vista en la pared, apenas a la izquierda de su cara. Lo suficiente para parecer educado. Lo suficiente para no invitar nada más.
La psicóloga —Lucía— cierra la carpeta como si el sonido le diera estructura a la habitación. Como si ese gesto pudiera recordarnos quién tiene el control. No la culpo. Yo también me aferraba a rituales cuando todavía creía que servían para algo.
Sus manos tiemblan un poco. Casi nada. Lo suficiente para notarlo si sabes mirar.
Yo sé mirar.
—¿Qué esperas de estas sesiones? —me pregunta.
Espero que no me hagan mentir.
Espero que no me pidan sentir algo que ya no tengo derecho a sentir.
Espero que esto termine pronto.
Pero no digo nada de eso.
—Nada —respondo—. Pero si tengo que estar aquí… prefiero no mentir.
Ella anota algo. No sé qué. Nunca sé qué escriben. A veces pienso que solo hacen marcas para sentirse útiles.
El silencio se estira. No es incómodo para mí. El silencio fue mi casa durante años. Aprendí a escucharme ahí adentro, y no me gustó lo que encontré.
—¿Te cuesta hablar de lo que pasó? —pregunta al fin.
No me encojo de hombros. No sonrío. No hago nada que pueda parecer evasivo.
—No —digo—. Me cuesta hablar de lo que vino después.
Eso la desconcierta. Lo veo en su respiración, en la forma en que levanta la mirada de golpe. No estaba preparada para esa respuesta.
Nadie lo está.
Porque todos creen que lo peor es el momento exacto en que todo se rompe. El impacto. El ruido. El segundo irreversible.
No lo es.
Lo peor es el día siguiente.
Y el siguiente.
Y todos los días después de eso.
—¿Qué vino después? —pregunta, más suave.
Podría decirle la verdad completa. Podría contarle sobre el hospital, las luces blancas, el olor a desinfectante mezclado con sangre. Podría hablar de la mujer. Del vientre. Del silencio que nadie supo llenar.
No lo hago.
—Despertar —respondo—. Todos los días.
Ella traga saliva. No baja la mirada esta vez. Me observa de verdad. No como profesional. Como persona. Eso me pone alerta.
—Aquí no buscamos castigarte —dice—. El castigo ya ocurrió.
La miro por primera vez sin filtros.
—El castigo no termina cuando se cumple la condena —le digo—. Solo cambia de forma.
No escribo eso para causar impacto. No me interesa impresionarla. Lo digo porque es verdad, y la verdad pesa aunque nadie la quiera cargar.
Sus dedos se aprietan alrededor del bolígrafo.
—¿Sientes culpa? —pregunta.
Ahí sí sonrío. Apenas. Una mueca breve, sin humor.
—Si no la sintiera —respondo— no estaría sentado aquí.
El silencio vuelve a caer entre nosotros, pero esta vez es distinto. Más denso. Como si ambos estuviéramos pensando lo mismo y ninguno quisiera decirlo en voz alta.
Ella rompe el momento cerrando la libreta.
—Por hoy es suficiente —dice—. Seguiremos la próxima semana.
Asiento y me pongo de pie cuando ella lo hace. No me acerco. No invado su espacio. He aprendido a moverme como alguien que no quiere dejar huella.
Antes de salir, su voz me detiene.
—Bruno.
Me giro.
—Este proceso funciona mejor cuando hay honestidad —dice—. Incluso cuando duele.
La observo un segundo más de lo necesario. No por deseo. Por reconocimiento.
—La honestidad siempre duele —respondo—. Por eso casi nadie la usa.
Salgo de la sala con el pecho apretado, sin saber por qué. No dije nada que no haya dicho antes. No pensé nada que no piense todos los días.
Y aun así…
Mientras camino por el pasillo, una certeza incómoda se instala en mí:
Lucía no me mira como los demás.
No me teme.
No me juzga.
Y eso, para alguien como yo, es mucho más peligroso.