Nunca había contado los pasos desde la entrada del edificio hasta la sala de sesiones.
Hoy sí.
Diecisiete.
Siempre diecisiete.
Me digo que es una coincidencia, que no significa nada, que contar pasos es solo una forma de distraer la mente. Aun así, cuando llego a la puerta, siento ese mismo nudo en el estómago que aparece antes de una mala decisión.
Bruno ya está sentado cuando entro.
No levanta la vista de inmediato. Sus manos descansan sobre la mesa, abiertas, como si quisiera demostrar que no ocultan nada. Esa imagen me provoca una incomodidad difícil de explicar. No parece defensivo. Parece… contenido.
—Buenos días —digo.
—Lucía —responde él.
No “doctora”.
No “licenciada”.
Mi nombre, dicho con naturalidad.
Anoto la hora. Puntual otra vez. Debería ser irrelevante. No lo es.
—¿Cómo te sentiste después de la última sesión? —pregunto, siguiendo el protocolo.
Bruno tarda en responder. No porque no sepa qué decir, sino porque mide qué no decir. Reconozco esa pausa; yo misma la uso más de lo que admito.
—Igual —dice al final.
No le creo. Y lo sabe.
—¿Igual cómo? —insisto.
Levanta la mirada. Esta vez sí me mira directo. No hay desafío, pero tampoco sumisión. Hay algo más peligroso: atención plena.
—Despierto —responde—. Eso ya es bastante.
Siento un ligero aumento en mi respiración. Me obligo a mantener el ritmo estable, profesional. No debería reaccionar así ante una respuesta tan simple.
Paso a la siguiente pregunta. Y a la siguiente. Él contesta lo justo, sin adornos, sin dramatismo. Cada palabra parece colocada con cuidado quirúrgico. Como si supiera que cualquier exceso puede volverse en su contra.
—¿Has pensado en lo que hablamos sobre responsabilidad emocional? —pregunto.
—Todos los días.
—¿Y cómo lidias con eso?
Silencio.
Bruno baja la mirada por primera vez desde que empezó la sesión. Sus dedos se cierran lentamente, no en tensión, sino en una especie de resignación física.
—No lido —dice—. Aguanto.
Esa palabra me golpea más de lo que debería.
Aguantar.
Como si la vida fuera algo que se soporta, no que se vive.
Escribo algo en la libreta, aunque no sé exactamente qué. El bolígrafo tiembla apenas. Lo suficiente para que él lo note.
Lo sé porque vuelve a mirarme.
—¿Siempre escribe tanto? —pregunta.
No hay burla en su tono. Solo curiosidad.
—Depende —respondo—. Ayuda a organizar ideas.
—¿Las suyas o las mías?
La pregunta me toma por sorpresa. No es agresiva. No es inapropiada. Pero cruza una línea invisible que hasta ahora ninguno había tocado.
—Las del proceso —contesto, un poco más rápido de lo necesario.
Bruno asiente, como si aceptara la respuesta… aunque no del todo.
Pasan unos segundos. Estoy a punto de cerrar el tema cuando él habla de nuevo.
—¿Y usted?
Levanto la vista.
—¿Yo qué? —pregunto.
—¿Ha perdido a alguien?
El aire cambia.
No de forma dramática. No hay música invisible ni pausa exagerada. Solo una sensación clara y brutal: esa pregunta no estaba en el guion.
—No es relevante —respondo de inmediato.
Demasiado inmediato.
Bruno inclina la cabeza apenas, como quien observa una grieta en una pared que parecía sólida.
—Perdón —dice—. No era mi intención incomodarla.
Debería retomar el control. Redirigir la sesión. Marcar límites claros.
No lo hago.
—Sí es relevante —corrijo, sorprendida por mis propias palabras—. Pero no es algo que vayamos a tratar aquí.
Asiente otra vez. Pero esta vez hay algo distinto en su expresión. No satisfacción. Comprensión.
—Entonces sí —dice—. Sí ha perdido a alguien.
No responde a una pregunta. Hace una afirmación.
El pulso se me acelera. Lo siento en el cuello, insistente, traicionero. Me obligo a respirar despacio, a no moverme.
—Bruno —digo—, este espacio—
—Lo sé —interrumpe—. Profesional. Clínico. Neutral.
No suena molesto. Suena… cansado.
—Pero la gente que no ha perdido a nadie no reacciona así —continúa—. No cambia la respiración. No baja la voz.
El silencio que sigue es pesado. Denso. Demasiado íntimo para una sala con cámaras.
—No estás aquí para analizarme a mí —digo, con más firmeza.
—No —admite—. Pero usted me analiza todo el tiempo.
No hay acusación. Solo un hecho.
Cierro la libreta.
—Por hoy es suficiente —digo.
Bruno no protesta. Se levanta con calma, como siempre. Cuando se acerca para salir, deja caer un papel doblado sobre la mesa. Su ficha de seguimiento. Se le resbaló, claramente sin intención.
La recojo al mismo tiempo que él.
Nuestros dedos se rozan.
Es mínimo. Accidental. Inofensivo.
Y, aun así, siento el calor de su piel subir por mi brazo como una advertencia tardía.
Retiro la mano de inmediato. Él hace lo mismo. Ninguno dice nada.
Bruno se detiene en la puerta.
—No se preocupe —dice, sin mirarme—. No volveré a preguntar.
Asiento, aunque no puede verme.
Cuando la puerta se cierra, me quedo sola en la sala, con el corazón desordenado y una certeza que no me gusta nada:
No fue la pregunta lo que me alteró.
Fue que él supo la respuesta antes que yo.