El roce no debería haber significado nada.
Eso es lo primero que me digo cuando la puerta se cierra detrás de mí y el pasillo vuelve a tragarse los sonidos. Un contacto mínimo. Accidental. Piel contra piel durante menos de un segundo.
Nada.
Y aun así, mientras camino hacia el patio, me descubro frotando el dedo índice contra el pulgar, como si hubiera quedado algo ahí. Calor. Electricidad. Una memoria que no debería existir.
Me detengo.
Bajo la mano de inmediato, como si alguien pudiera verme. Como si tocarme fuera una confesión.
Aguantar, me repito.
Eso sé hacerlo.
El patio está casi vacío. Un par de hombres caminan en círculos, otros fuman en silencio. Nadie habla de más. Aquí aprendimos rápido que las palabras sobran cuando ya no queda nada que defender.
Me siento en el borde de una banca de cemento.
No pienso en ella.
O eso intento.
Pero la imagen vuelve sola, sin pedir permiso: la forma en que cerró la libreta demasiado rápido, el leve temblor en su mano, su respiración alterada cuando hice la pregunta.
No fue curiosidad.
Lo sé ahora.
Pregunté porque la vi.
No como psicóloga.
Como alguien que carga un vacío parecido al mío.
Hay personas que aprenden a disimular la culpa. Otras la convierten en discurso, en explicación, en excusa. Y luego están las que la llevan adentro, apretada, silenciosa, como si moverla un centímetro pudiera hacerla explotar.
Lucía es de esas.
Me inclino hacia adelante, apoyo los codos en las rodillas. El concreto está frío incluso a través de la tela del uniforme. Me gusta esa sensación. Me mantiene aquí. Presente.
Aguantar no es lo mismo que olvidar.
Nunca lo fue.
El olor del patio me trae un recuerdo que no quiero completar. Metal. Gasolina. Algo dulce y terrible al mismo tiempo. Aprieto la mandíbula y dejo que pase. No lo sigo. No hoy.
Aprendí a no seguir ciertos pensamientos. Algunos no tienen salida.
Cierro los ojos un segundo y entonces lo noto.
Su perfume.
Es leve. Apenas un rastro. Tal vez no esté ahí en realidad. Tal vez mi cabeza lo inventa. Pero lo siento igual, mezclado con el olor a cloro del edificio.
Eso me molesta más de lo que debería.
No quiero llevarme nada de ella fuera de esa sala. No quiero que se cuele en mis espacios, en mis rutinas, en mis silencios. No quiero esperar algo que no me corresponde.
Y, sin embargo…
Cuando abro los ojos, el tiempo parece ir más lento. No porque pase algo distinto, sino porque ahora lo estoy contando. Midiendo. Marcando.
Como los pasos.
Diecisiete, pienso sin querer.
Frunzo el ceño. No sé de dónde salió ese número. No es mío. No forma parte de mis rituales. Y aun así se queda ahí, flotando, incómodo.
Me pongo de pie.
No volveré a preguntar, me digo.
No volveré a cruzar esa línea.
Lo hice una vez porque reconocí algo en ella. Un reflejo peligroso. Eso no se repite. Las cosas que se parecen demasiado a nosotros son las que más daño hacen.
Camino hacia la salida del patio con decisión, como si mover el cuerpo pudiera ordenar la cabeza.
En el pasillo, uno de los custodios menciona un apellido mientras habla con otro. No es el de ella. No debería importarme. Pero me detengo un segundo de más, atento, como si buscara algo sin saber qué.
Nada.
Sigo caminando.
Esa noche, en la celda, me acuesto boca arriba y fijo la vista en el techo. No pienso en su rostro. No pienso en su voz. No pienso en cómo bajó la mirada cuando acerté sin querer.
Solo pienso en una certeza incómoda, clara como un golpe seco:
No quiero saber más de Lucía.
Querer saber es peligroso.
Pero cuando apagan las luces y el silencio se acomoda en su lugar de siempre, entiendo que algo ya cambió.
Porque por primera vez desde que salí de la sala de sesiones, no cuento los días que faltan para que termine el programa.
Cuento los que faltan para volver a verla.