El archivo pesa más de lo que debería.
No físicamente —son solo hojas—, pero lo siento en los brazos mientras lo dejo sobre la mesa del comedor. Mi departamento está en silencio, demasiado limpio, demasiado ordenado. Como si el caos tuviera prohibido entrar… salvo cuando lo invito yo.
Me quito los zapatos y no enciendo la televisión. No quiero ruido. No quiero distracciones. Quiero entender por qué, de todos los pacientes, él sigue conmigo fuera del centro.
Me sirvo agua. No vino. No café. Agua, como si la sobriedad del gesto pudiera compensar lo que estoy a punto de hacer.
Abro el expediente.
Nombre.
Edad.
Delito.
Leo sin emoción al principio, como me enseñaron. Con distancia clínica. Con la frialdad que convierte a una persona en un caso.
Pero algo no encaja.
No es lo que hizo. Es cómo está escrito. Las palabras no gritan. No exageran. No hay dramatismo. Todo es seco, factual… y aun así, hay vacíos. Demasiados.
Páginas donde debería haber detalles.
Fechas que no se explican.
Testimonios resumidos en una sola línea.
Paso el dedo por el margen, como si pudiera encontrar ahí lo que falta.
—No —murmuro para mí misma—. Esto no es curiosidad.
Lo digo en voz alta porque necesito oírlo. Porque si no lo nombro, se parece demasiado a una excusa.
El error no fue mirarlo hoy.
El error fue reconocerme.
Cierro el archivo de golpe.
Me levanto y camino por el departamento. Tres pasos hasta la ventana. Cinco hasta la cocina. Todo medido. Todo bajo control. Así he vivido años: conteniendo, administrando, separando.
Paciente acá.
Lucía allá.
Y hoy… hoy esa línea se movió apenas un centímetro.
Recuerdo su silencio. No como ausencia, sino como decisión. La forma en que sostuvo la mirada sin retarme, sin seducir, sin pedir nada. Eso es lo que más me perturbó.
No quiso nada de mí.
Y aun así, me dejó entrar.
Vuelvo a la mesa. Esta vez no abro el expediente. Apoyo la palma sobre la tapa, sintiendo el cartón frío.
—No puedes —me digo—. No debes.
Pero mi mente ya está reconstruyendo la escena una y otra vez: la pregunta, su respiración que se detuvo, ese segundo exacto en el que su máscara se resquebrajó.
No fue una técnica terapéutica.
Fue un impulso.
Y eso me asusta más que cualquier falta al protocolo.
Me siento y tomo el celular. Lo desbloqueo. Abro el correo institucional. Podría escribirle al coordinador. Pedir cambio de caso. Citar conflicto de interés antes de que exista.
Mi dedo se queda suspendido sobre la pantalla.
Si lo hago, todo termina.
Si no lo hago… no sé qué empieza.
Dejo el celular boca abajo.
Me recuesto en la silla y cierro los ojos. El cansancio me cae encima de golpe. No físico. Moral. Como si sostenerme recta todo el día me hubiera pasado factura.
Esa noche sueño.
No debería, pero sueño.
No hay contacto. No hay palabras indebidas. Solo una sala vacía, dos sillas frente a frente, y él mirándome como si yo fuera una pregunta sin respuesta.
Me despierto antes de que pase algo más.
Con el corazón acelerado.
Con culpa.
Con una certeza que no quiero aceptar.
No me estoy enamorando.
No soy tan ingenua.
Pero estoy entrando a un territorio donde mirar ya no es neutral.
Antes de volver a dormir, tomo una decisión mínima. Cobarde, quizá. Prudente, me digo.
Mañana no abriré su expediente.
Mañana solo seré su terapeuta.
Mañana nada se moverá de lugar.
Y aun así, mientras apago la luz, una parte de mí ya sabe la verdad:
Mañana, cuando él entre a la sala, voy a notar si está distinto.
Y eso… eso ya es cruzar algo.