Bruno
El patio huele a metal viejo y jabón barato.
Siempre es igual a esta hora. El mismo cielo pálido, la misma fila de hombres fingiendo que no esperan nada. Yo también finjo. Me funciona casi siempre.
Casi.
Me apoyo en la pared. No por cansancio. Por costumbre. El concreto está tibio. El sol todavía alcanza a colarse entre los edificios, como si no supiera dónde está parado.
Miro mis manos.
El índice tiene una marca leve, apenas rosada. No es nada. Un roce no deja huella. Lo sé.
Aun así, lo giro, lo flexiono. Como si buscara algo que no está ahí.
No pienso en ella.
Eso me digo.
Pienso en el conteo. En los pasos. Diecisiete de la pared al banco. Diecisiete de regreso. Siempre diecisiete. Si cambio el número, la cabeza se desordena.
Diecisiete.
La voz del coordinador regresa sola. Neutral. Profesional.
—Si todo sigue igual, podrías aplicar a la condicional en tres meses.
Tres meses.
No alivio.
No miedo.
Solo una presión que se instala en el pecho, como si el tiempo acabara de apretar el cuello.
Cierro los ojos un segundo. No más. Acá cerrar los ojos es confiar, y yo no confío.
Ella no debería estar en mis pensamientos.
No así.
No es su cara. Es el gesto. Esa pausa antes de hablar. Como si midiera el peso de cada palabra antes de soltarla. La mayoría no hace eso. Preguntan por rutina. Por control.
Ella preguntó porque quiso escuchar.
Aprieto el puño. Solo un segundo más de lo normal. Nadie lo nota. Yo sí.
Un olor que no debería estar aquí regresa. No es perfume. Papel recién impreso. Jabón neutro. El aire estancado de la sala. Se cuela en el patio como si no tuviera permiso de estar aquí.
No debería recordarlo. El cerebro guarda cosas inútiles cuando necesita huir de otras.
Me siento en el banco. No miro alrededor. Escuchar sin mirar es otra forma de sobrevivir.
—¿Y usted? —mi propia voz me cruza de nuevo—. ¿Ha perdido a alguien?
No fue curiosidad.
Fue reconocimiento.
Vi el hueco. El mismo que yo tapo con silencio.
No quería respuesta. Quería confirmación.
Trago saliva. El cuello se tensa. Lo noto porque ya aprendí a leerme antes de perder el control. Antes… no sabía.
Alguien ríe a mi izquierda. Fuerte. Exagerado. Me dan ganas de levantarme y pedirle que se calle. No lo hago. Aguantar también es una forma de condena.
No voy a preguntar más.
Eso decido.
No voy a cruzar nada. No voy a buscar. No voy a esperar.
Y sin embargo…
Cuando anuncian el fin del horario, me levanto demasiado rápido. El cuerpo va antes que la cabeza. Camino hacia la salida con una certeza incómoda, precisa.
El pulso late fuerte en la muñeca. Lo noto porque ya no controlo ni eso.
Mañana es sesión.
Y ya no entro a esa sala igual.
No porque quiera algo de ella.
Sino porque ahora sé que me mira como si yo fuera una pregunta peligrosa.
Y yo…
siempre he sido bueno aguantando.
Hasta ahora.