La sala está igual que siempre.
Mesa.
Dos sillas.
Cámaras.
Y aun así, algo está fuera de lugar.
Soy yo.
Cierro la puerta y el sonido metálico me atraviesa la espalda. Respiro hondo. Profesional. Neutral. Eso es lo que soy aquí.
Eso debería bastar.
Bruno ya está sentado. Espalda recta. Manos sobre los muslos. La postura exacta de quien aprendió a no ocupar espacio.
Levanta la mirada.
No sonríe.
No saluda.
Me espera.
Siento el impacto en el cuerpo antes que en la cabeza. Un calor breve, indebido, que me sube por el pecho y se queda ahí, como si no encontrara salida.
No me acerco de inmediato.
Dejo el cuaderno sobre la mesa. Me siento. Cruzo las piernas con un cuidado exagerado, consciente de cada movimiento. El roce de la tela contra la piel me resulta demasiado presente.
—¿Cómo te sentiste después de la última sesión? —pregunto.
Mi voz suena firme. Eso me tranquiliza.
Él tarda en responder. No por desafío. Por elección.
—Normal —dice al fin.
Normal no existe aquí.
Asiento. Tomo notas que no dicen nada. Garabatos para ocupar las manos. El silencio se espesa entre nosotros. No es incómodo. Es cargado.
—¿Pensaste en lo que hablamos? —añado.
Bruno inclina apenas la cabeza. Ese gesto mínimo que ya empiezo a reconocer.
—Sí.
Solo eso.
Levanto la vista. Nuestros ojos se encuentran y algo se tensa. No hay sonrisa. No hay desafío. Hay… atención.
Como si estuviéramos midiendo una distancia invisible.
—¿Y? —pregunto, sabiendo que no debería presionar.
Sus dedos se mueven. Apenas. Se cierran y se abren una vez.
—Pensé que usted no debería haber hecho esa pregunta.
El aire se queda quieto.
—¿Por qué? —respondo.
Porque yo también lo pensé.
Bruno me observa con una intensidad que no invade, pero permanece. Me siento expuesta sin que él haga nada.
—Porque no era profesional —dice—. Y aun así… no me molestó.
El golpe es silencioso. Interno.
Trago saliva. El cuerpo reacciona primero: un latido más rápido, un calor que baja, una presión incómoda en el vientre que no tiene nombre clínico.
—Mi trabajo —digo— es entenderte.
—No —corrige, sin dureza—. Su trabajo es evaluarme. Entender es otra cosa.
Tiene razón. Y lo odio por eso.
Me inclino apenas hacia adelante. No para provocarlo. Para sostenerme.
—Aquí hay límites, Bruno.
—Lo sé.
—Y hay cosas que no deben cruzarse.
—También lo sé.
El silencio vuelve. Más denso. Más vivo.
Siento su presencia como si estuviera más cerca de lo que realmente está. El calor de su cuerpo parece colarse en el espacio entre la mesa y yo. Ridículo. Imposible. Y aun así…
Mi respiración cambia. Me esfuerzo por mantenerla regular.
—Me dijeron —dice de pronto— que quizá pueda salir en unos meses.
El pulso me da un salto seco.
—¿Condicional? —pregunto, demasiado rápido.
Bruno asiente.
—Tres meses, si todo sigue igual.
Tres meses.
La palabra afuera no se dice, pero está ahí. Se instala en la sala como una amenaza muda.
—Eso es… importante —respondo.
Profesional. Correcto. Vacío.
—Sí —dice—. Por eso quería saber si usted había perdido a alguien.
El golpe esta vez no es sutil.
—Eso no viene al caso —digo.
Demasiado brusco.
Bruno no se mueve. No retrocede. No avanza. Pero su mirada baja un segundo… y vuelve a subir.
—Entonces estamos iguales —murmura—. Los dos cargando cosas que no deberían estar aquí.
Siento la piel erizarse en los brazos. El deseo aparece como algo sucio, indebido, mezclado con culpa y rabia.
No quiero esto.
No quiero sentirlo.
Y aun así…
Me levanto. El movimiento es abrupto. Necesito distancia antes de que el cuerpo decida algo por mí.
—La sesión terminó —digo.
Bruno se pone de pie. No de inmediato. Con calma. Demasiada calma.
Por un segundo estamos frente a frente, separados por menos espacio del necesario. No hay contacto. No hace falta.
Puedo olerlo. Limpio. Tibio. Presente.
—No voy a cruzar nada —dice en voz baja—. Pero tampoco voy a fingir que no pasó.
Lo miro. Y por primera vez, no desde el rol. No desde el protocolo.
Desde el lugar exacto donde no debería estar.
—Aquí —respondo— no puede pasar nada.
Bruno asiente.
—Lo sé.
Abro la puerta. El aire del pasillo entra como un corte.
Él sale sin mirarme atrás.
Yo me quedo sola, con el corazón golpeando contra las costillas y una certeza insoportable clavada en el pecho:
No pasó nada.
Y sin embargo,
ya es imposible desear que no vuelva a entrar a esta sala.