Dónde los culpables aprenden a amar

Después

La celda está en silencio.

No el silencio del patio. Este es más estrecho. Más íntimo. Acá no hay dónde esconderse.

Me siento en la cama sin quitarme los zapatos. La espalda contra la pared. El concreto frío atraviesa la camiseta. No me muevo.

Respiro.

Uno.
Dos.

No funciona.

El pulso sigue golpeando en la muñeca, rápido, insistente. Apoyo dos dedos ahí, como si pudiera ordenarlo con presión.

No debería estar así.

No pasó nada.

Eso dijo ella.
Eso pensé yo.

Y aun así, el cuerpo no entiende de protocolos.

Cierro los ojos. Error.

La sala vuelve completa. La mesa. Las cámaras. El espacio exacto entre los dos. Demasiado corto. Demasiado cargado.

Su voz cuando dijo mi nombre. No firme. No temblorosa. Algo peor: contenida.

Trago saliva. La garganta arde un poco. No es sed. Es otra cosa.

Tres meses.

La frase aparece sin permiso. No como promesa. Como amenaza.

Afuera.

No pienso en libertad. Pienso en distancia. En lo cerca que todo se vuelve cuando el tiempo deja de ser infinito.

Abro los ojos. El techo tiene una grieta nueva. O quizá siempre estuvo ahí y hoy la veo distinto. Me concentro en ella. La sigo con la mirada.

No ayuda.

Mi mano se cierra sobre la sábana. La tela áspera contra la piel. Me detengo antes de que el gesto se vuelva otra cosa. No por moral. Por miedo.

No a ella.

A lo que despierta.

No quise cruzar nada en la sala. Eso es verdad. Pero tampoco retrocedí. Me quedé justo ahí. En el borde.

Y ella lo sintió.

Se levantó primero.

Ese detalle me persigue más que cualquier roce. No huyó. Tomó distancia porque sabía que, si no lo hacía, algo iba a romperse.

Sonrío apenas. No es alegría. Es reconocimiento.

Apoyo la frente contra la pared. El concreto huele a humedad. Me mantiene acá.

No voy a hacer nada estúpido.

No voy a tocar. No voy a decir. No voy a buscarla fuera de lo que está permitido.

Pero cuando vuelva a entrar a esa sala…

No voy a fingir que no la deseo.

No voy a fingir que no la pienso.

No voy a fingir que esto no existe.

Eso es todo.

Eso basta.

Me recuesto por fin. El pulso empieza a bajar, lento, renuente. Antes de cerrar los ojos, una certeza se acomoda, incómoda pero clara:

No crucé hoy.

Pero ya decidí no retroceder.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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