Cierro la puerta y el clic suena definitivo.
Como si algo se hubiera quedado afuera.
O como si algo acabara de entrar conmigo.
No prendo la luz. Camino a ciegas. El cuerpo sabe el camino mejor que la cabeza.
Me quito la chamarra, la blusa después. La piel respira. Está caliente. Demasiado. Desde antes. Desde él.
Me detengo en medio del cuarto.
No pienso. Siento.
La memoria no llega suave: llega como un golpe bajo el estómago. Su presencia. La cercanía. El silencio cargado. La forma en que me sostuvo la mirada sin tocarme.
Eso fue peor.
Me apoyo contra la pared. Los ojos cerrados. El nombre me cruza la mente y el cuerpo responde sin pedir permiso.
Mi mano baja.
No duda esta vez.
El contacto me arranca el aire. No delicado. Necesidad. Presión que quema desde adentro.
No es lento. No es cuidadoso. Es urgencia acumulada encontrando salida.
El cuerpo se arquea apenas. Un suspiro se me escapa antes de que pueda detenerlo. Me muerdo el labio. No quiero hacer ruido. No quiero que esto exista más allá de mí.
Pero existe.
El calor se concentra. Late. Pide más. Mi mano obedece con torpeza primero, luego con hambre. El ritmo se acelera cuando su imagen vuelve: su voz baja, firme, diciendo mi nombre como si lo sostuviera entre los dientes.
—No… —murmuro, sin fuerza. Sigo igual.
La vergüenza no frena. Enciende.
Mis piernas tiemblan. La espalda se pega a la pared. El placer sube, insistente, apretando el pecho, robándome el aire. No es bonito. Es crudo. Es real.
Es él sin estar aquí.
El clímax llega como una ola que no avisa. Me tenso. Me quiebro en silencio. El cuerpo se rinde primero; la mente llega tarde.
Me quedo ahí, respirando fuerte, la mano aún temblando, como si acabara de cruzar una frontera invisible.
Abro los ojos.
La habitación sigue igual. Pero yo no.
Me deslizo hasta sentarme en el borde de la cama. El pulso golpea en la muñeca. Rápido. Insistente. Como si quisiera salirse.
Esto ya no es curiosidad.
No es fantasía.
Es deseo.
Y mañana…
tendré que mirarlo de nuevo a los ojos
como si nada hubiera pasado.
Pero mi cuerpo ya sabe la verdad.
Y no miente.