Dónde los culpables aprenden a amar

La forma de esperar

Bruno

El patio no cambia nunca.
Eso es lo que más tranquiliza… y lo que más desgasta.

El mismo rectángulo de cemento.
Las mismas voces que se repiten como ruido de fondo.
El mismo cielo partido por rejas.

Yo sí cambié.
Eso es lo peligroso.

El pulso golpea en la muñeca. Rápido. Insistente. Como si quisiera salirse. Aprieto la mano contra el muslo, no para calmarlo, sino para comprobar que sigue ahí. Que todavía obedece a algo que no sea ella.

Tres meses.

No lo pienso como libertad.
No lo pienso como salida.
Lo pienso como exposición.

Afuera no hay paredes que expliquen por qué miro de más. No hay protocolos que amortigüen el silencio. No hay una mesa de por medio para fingir distancia.

Tres meses y ella dejaría de ser una presencia contenida en una sala vigilada.
Tres meses y yo dejaría de ser solo un expediente.

No debería pensar en eso.
No debería pensar en ella.

Pero el olor vuelve. Siempre vuelve.
No es perfume. Nunca lo fue.
Es jabón neutro. Papel recién impreso. El aire cerrado de la sala donde nadie respira del todo. Se cuela en el patio como si no tuviera permiso de estar aquí, como si tampoco supiera respetar límites.

Cierro los ojos un segundo. Error.

La veo como estuvo hoy: quieta, demasiado quieta.
Las manos juntas.
El cuello expuesto cuando inclinó apenas la cabeza para escucharme mejor.

Ese gesto.
Como si el mundo se redujera a lo que yo estaba diciendo.

No dije nada importante. Eso es lo peor.
No confesé.
No provoqué.
No pedí.

Y aun así… algo se tensó.

La distancia era la misma. La mesa, el vidrio, el protocolo.
Pero el aire no.

Lo sentí cambiar cuando levantó la vista.
Dos segundos más de lo debido.
No fue descuido. Fue elección.

Eso es lo que me tiene así.

No el deseo.
La elección.

Me dijeron una vez que el problema no es cruzar la línea, sino descubrir que sabes exactamente dónde está… y aun así caminar hacia ella despacio.

Sonrío apenas. No alegría. Reconocimiento. Amargo.

Apoyo la espalda contra la pared del patio. El cemento está frío incluso a través de la tela. Bien. Necesito eso. Algo que no ceda. Algo que no responda.

Pienso en sus manos.
No tocándome.
Detenidas.
Conteniéndose.

Eso también lo vi.
Y ella no sabe que lo vi.

El coordinador habló de progreso hoy. Usó palabras limpias. Medidas.
“Estabilidad emocional.”
“Conciencia del daño.”
“Posible evaluación para condicional.”

Yo asentí. Siempre asiento.
He sido bueno en eso. En parecer lo que esperan.

Pero hay algo que no entra en los informes.
Algo que no se mide en sesiones.

La forma en que la espero ahora.

Antes contaba días. Rutinas. Horarios.
Ahora cuento minutos cuando sé que toca sesión.
Ahora el tiempo no avanza: se tensa.

Eso no estaba en el trato.
Eso no estaba en la condena.

Abro la mano. La cierro.
El pulso sigue ahí. Traicionero.

No hice nada hoy.
No dije nada indebido.
No crucé.

Pero pensé.
Y eso ya es un movimiento.

Si ella supiera lo que hace cuando guarda silencio.
Si supiera cómo ese silencio pesa más que cualquier pregunta.

Miro al frente. No busco nada en particular. Aquí no hay nada que mirar sin pensar.

No crucé hoy.
No.
Pero ya decidí algo más peligroso.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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