Dónde los culpables aprenden a amar

Lo que no debería temblar

Lucía

No debería entrar así a la sala.

Lo sé desde que cruzo el pasillo.
Desde que el piso parece demasiado brillante.
Desde que mis manos no encuentran una posición cómoda donde quedarse quietas.

Respiro hondo antes de abrir la puerta.
Una vez.
Dos.

No sirve.

El cuerpo no olvida tan rápido. No entiende de protocolos ni de promesas hechas de madrugada. Todavía llevo la sensación pegada a la piel, como si el agua de la ducha no hubiera terminado de llevarse nada. El cuello está sensible. La espalda, tensa. El pulso… mal ubicado. Demasiado visible.

Profesional, Lucía.
Eso me digo. Como si decirlo bastara.

Entro.

Él ya está ahí.

Sentado. Espalda recta. Manos sobre la mesa.
Correcto. Demasiado correcto.

Pero algo es distinto.

No evita la mirada cuando levanto la vista. No la sostiene de forma descarada tampoco. Es otra cosa. Atención pura. Como si estuviera escuchando antes de que yo hable.

Eso me desarma más que cualquier gesto evidente.

—Buenos días —digo.

Mi voz sale firme. Milagro.

—Buenos días —responde.

Nada más.
Y aun así, el aire se tensa.

Me siento. Acomodo la carpeta frente a mí. El cartón cruje apenas bajo mis dedos y odio ese sonido. Odio que cualquier cosa me parezca demasiado.

Empiezo con preguntas neutras. Rutina. Sueño. Estado de ánimo. Él responde sin resistencia. Sin ironía. Sin desafío. Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

Siento su mirada bajar un segundo. No a mi cuerpo. A mis manos. Las noto entonces: los dedos entrelazados con demasiada fuerza. Aflojo. Demasiado tarde.

—¿Se siente… diferente hoy? —pregunta.

No debería preguntar eso.
No así.

Trago saliva.

—¿A qué se refiere?

—A usted.

Directo. Sin rodeos.

El pulso me golpea en la garganta. Lo odio. Odio que se note.

—Estoy bien —digo.

Mentira pequeña. Inofensiva. Me la permito.

Él asiente. Siempre asiente. Pero no baja la mirada. Y eso… eso es nuevo.

Busco un papel dentro de la carpeta. Un formulario. Cualquier cosa que me devuelva el control. Lo deslizo sobre la mesa hacia él para que firme.

—Aquí, por favor.

Extiende la mano al mismo tiempo que yo.

El roce no es accidental.
Eso es lo que me deja sin aire.

Es mínimo. Un segundo. Y aun así, todo el cuerpo reacciona como si hubiera sido empujado. Electricidad seca, directa. Los dedos se tocan apenas y se separan de inmediato.

Nadie dice nada.

Pero él lo siente.
Lo sé.

Porque su mano se queda suspendida un segundo más de lo necesario antes de tomar el papel.
Porque yo tengo que apoyar la palma contra la mesa para no temblar.

No debería desear eso.
No debería registrar el calor que dejó.
No debería querer repetirlo.

—Perdón —murmuro, demasiado tarde.

—No pasa nada —responde.

Pero su voz no suena igual.

La sesión continúa. Hablo. Escucho. Tomo notas que luego no recordaré haber escrito. Todo funciona por inercia. Por costumbre.

Y sin embargo, cada vez que levanto la vista, él ya está mirando.

No con hambre.
Con algo peor.

Reconocimiento.

Cuando termina el tiempo, me levanto rápido. Demasiado. Necesito distancia. Aire. Algo que no esté cargado de lo que no se nombra.

—Nos vemos la próxima semana —digo.

Asiente otra vez.

—Aquí estaré.

Esa frase se me queda clavada.

Cierro la puerta. Camino sin mirar atrás. El pasillo parece más largo. Más estrecho. Como si supiera lo que hice. Lo que pensé. Lo que sentí.

En casa, dejo las llaves sobre la mesa. Me quedo de pie un segundo. Dos. El silencio pesa más que cualquier ruido.
Voy directo a la laptop.

No debería.
Pero ya crucé algo hoy.

Abro el sistema. Usuario. Contraseña. El expediente aparece con facilidad. Demasiada. Como si siempre hubiera estado esperándome.

Leo.

Datos. Fechas. Lenguaje técnico.

Y entonces una línea me corta la respiración.

La fecha del accidente.

Cierro los ojos. No. No ahora. No eso.

El cuerpo reacciona antes que la cabeza. El estómago se contrae. La palma suda contra el trackpad frío. Odio eso. Odio que el cuerpo traicione antes que la razón.

Sigo leyendo.

No quiero ruido.
No quiero distracciones.

Quiero saber por qué él no se va cuando salgo de la sala.

Cuando cierro la laptop, ya es de noche.

Me recuesto en el sofá. Miro el techo. El recuerdo del roce vuelve. Insistente. Exacto. Como si no hubiera pasado nada más importante hoy.

No pasó nada.

Y sin embargo, ya es imposible no desear que vuelva a entrar a esa sala.

Maldita sea.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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