Bruno
La piel recuerda.
No importa cuántas veces me lave las manos.
No importa el jabón áspero, el agua fría, la fricción innecesaria.
La piel recuerda.
El roce fue mínimo. Ridículo, incluso. Si alguien lo hubiera visto desde afuera, no habría dicho nada. Un error de coordinación. Un gesto mal calculado.
Pero el cuerpo no funciona así.
El pulso golpea en la muñeca. Rápido. Insistente. Como si quisiera salirse. Lo presiono con el pulgar. No baja. Nunca baja cuando pienso en ella.
En su mano.
No en la forma.
En la decisión.
Porque no se retiró de inmediato.
Porque hubo ese segundo suspendido donde ninguno corrigió nada.
Eso fue elección.
Me siento en la litera. El metal está frío. Bien. Necesito algo que no ceda. Algo que no se adapte a mí como su silencio lo hace.
Cierro los ojos. Error.
La sala vuelve. El vidrio. La mesa. El olor limpio que no pertenece a este lugar. Jabón neutro. Papel. El aire estancado que cambia apenas cuando ella entra.
Hoy entró distinta.
No temblaba por miedo.
Temblaba por contención.
Eso lo sé reconocer. He vivido con eso años.
Me dijo “buenos días” como siempre, pero su cuerpo no acompañó la rutina. La respiración un poco más alta. Los hombros tensos. La forma en que acomodó la carpeta, como si necesitara una barrera extra.
Y aun así… fue ella quien no retiró la mano.
Eso es lo que me tiene así.
No debería importarme.
No debería registrar detalles que no me sirven para nada.
Pero los registro igual.
Las manos aquí son rudas. Pesadas. Siempre ocupadas en resistir. La de ella era otra cosa. Tibia. Viva. Presente de una forma que no pide permiso.
Aprieto los dedos una vez. Dos. El recuerdo no se va.
El coordinador habló hoy. Lo hizo después de la sesión, como si fuera casual. Nunca lo es.
Progreso.
Palabras limpias. Medidas.
—Estabilidad emocional.
Asentí. Siempre asiento.
Pero hay algo que no entra en sus informes. Algo que no se cuantifica. Algo que no debería estar creciendo en un lugar como este.
La forma en que ahora espero.
Antes las sesiones eran puntos fijos en la semana. Rutina. Ahora son… anticipación. El tiempo previo se estira. El posterior se queda vibrando en el cuerpo como un eco mal colocado.
Eso no es estabilidad.
Eso es peligro.
Camino hacia la pared del fondo. Apoyo la frente un segundo. El cemento huele a nada. Perfecto. Nada es seguro.
Ella no.
No sé qué leyó hoy. Lo noté en sus ojos cuando bajó la mirada. Algo se quebró apenas. No fue sorpresa. Fue reconocimiento.
Eso me inquieta más que cualquier pregunta directa.
Porque si vio algo…
entonces no soy solo un expediente para ella.
Y si yo ya no la veo solo como eso, estamos en el mismo punto ciego.
Abro la mano. La cierro. El pulso sigue ahí. Traicionero.
No debería pensar en tocarla de nuevo.
No debería imaginar cómo sería si no hubiera mesa. Si no hubiera vidrio. Si no hubiera nadie contando segundos.
No lo hago.
Pero pienso en esperar.
En medir.
En no apresurar nada.
Hay cruces que destruyen de golpe.
Y otros que se hacen tan despacio que cuando te das cuenta… ya no hay regreso.
Me recuesto mirando el techo. Las sombras se mueven lento, como si el lugar también respirara conmigo.
No hice nada hoy.
No dije nada indebido.
No crucé.
Pero ya no soy el mismo que entró a esa sala por primera vez.
Y ella tampoco.
Eso… eso ya es suficiente para saber que algo viene.
Y que cuando llegue, no va a pedir permiso.