Dónde los culpables aprenden a amar

El cuerpo no espera

Lucía

El departamento está oscuro cuando entro. No prendo las luces. No quiero verme. No quiero pensar en nada que no sea este peso bajo la piel que no se va desde hace días.

Dejo el bolso en el suelo. Camino descalza. El frío del piso sube por las plantas de los pies y no alcanza. Nada alcanza.

Me apoyo en la pared del pasillo y cierro los ojos.

Su voz vuelve sin permiso.
No lo que dice.
Cómo lo dice.

Calma. Control. Ese tono que no pide nada y, aun así, lo ocupa todo. Me lo imagino pronunciando mi nombre —no lo ha hecho nunca— y el simple pensamiento me corta la respiración.

No debería.

Me empujo hasta el dormitorio como si el cuerpo ya supiera a dónde va. Me siento en la orilla de la cama. La espalda recta. Las manos quietas sobre los muslos.

Cinco segundos así.
Seis.

No más.

Me recuesto y miro el techo. El corazón va rápido, desacompasado, como si hubiera corrido. La sábana está limpia, huele a detergente barato. Me aferro a ese olor doméstico como si pudiera salvarme.

No lo hace.

La imagen vuelve, incompleta pero suficiente:
la mesa entre nosotros,
el vidrio,
sus manos grandes quietas,
la forma en que me miró cuando el roce ocurrió.

Ese segundo suspendido donde ninguno corrigió nada.
El cuerpo responde antes que la culpa. Siempre. Siento el calor subir lento, instalarse, volverse insistente. No es delicado. Es presión interna. Necesidad que no pide permiso.

—No… —murmuro, sin fuerza.

Sigo igual.

Cierro los ojos con más fuerza, como si así pudiera apagarlo. Error. La oscuridad solo lo vuelve más nítido. Su cercanía imaginada. Su presencia sin espacio. La forma en que su atención pesa incluso cuando no toca.

Mi respiración cambia. Lo noto y me odio por notarlo.

No pienso en actos.
Pienso en sensaciones.

En el ritmo que se desordena.
En la tensión que pide alivio.
En ese punto exacto donde el cuerpo deja de negociar.

Mis dedos tiemblan. Los detengo un segundo sobre la sábana. Dedo suspendido. Como con el mouse sobre “enviar”. Como con su mano sobre la mía.

Si paro ahora, esto se queda conmigo.
Si no paro…

El contacto me arranca el aire. No delicado. Necesidad. Presión que quema desde adentro. El cuerpo se arquea apenas, buscando más, aunque no sepa qué forma tiene ese “más”.

No pienso su rostro completo.
Pienso su mirada.

Esa atención contenida que no juzga.
Ese reconocimiento que asusta porque no es deseo vacío.

El ritmo se acelera solo. No lo decido. Me muerdo el labio para no hacer ruido, como si alguien pudiera oírme, como si él pudiera oírme. La idea me enciende y me avergüenza al mismo tiempo.

El clímax llega sin aviso, breve y brutal. No hay alivio verdadero. Solo un temblor que recorre todo y se apaga dejando un vacío incómodo, expuesto.

Respiro hondo. Una vez. Dos.

La culpa entra después, puntual como siempre.

Me quedo inmóvil mirando el techo. El corazón tarda en bajar. La sábana está caliente ahora, pegada a la piel. Me incorporo despacio, como si el movimiento pudiera romper algo frágil.

Voy al baño. Agua fría en las manos. En la cara. El espejo me devuelve una versión que no me gusta: ojos brillantes, labios entreabiertos, el cuello aún húmedo.

—Esto tiene que parar —digo en voz baja.

La frase suena hueca.

Vuelvo al cuarto y me siento otra vez en la cama. Tomo el celular. Lo dejo. Lo vuelvo a tomar. Abro notas. No escribo nada. Ya escribí suficiente ayer.

Lo que hice no fue solo deseo.
Fue dirección.

No puedo seguir yendo a esas sesiones fingiendo neutralidad. No después de la fecha. No después del roce. No después de esto.

Mañana voy a entrar a esa sala distinta.
No voy a rodear.
No voy a esquivar.

Voy a mirarlo y voy a preguntar.
Porque si no pongo palabras donde el cuerpo ya decidió, esto va a crecer sin forma. Y lo que crece sin forma siempre termina rompiendo algo.

Apago la luz. Me acuesto de lado. Abrazo la almohada con más fuerza de la necesaria.

El sueño tarda, pero llega.
Y aun ahí, incluso dormida, mi cuerpo ya sabe la verdad.



#4952 en Novela romántica
#1853 en Otros
#141 en Aventura

En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.