Dónde los culpables aprenden a amar

La noche

La noche cae siempre igual aquí.
No importa el día. No importa lo que uno haya dicho o escuchado. Las luces bajan, el ruido se aplana, y el cuerpo queda solo con lo que no se pudo dejar afuera.

Me tumbo boca arriba en la litera. Un brazo bajo la cabeza. El otro sobre el pecho. Respiro lento, como me enseñaron. Inhalo. Exhalo. El ritmo debería ordenarlo todo.

No lo hace.

Su voz sigue ahí. No la frase. No el contenido. La cercanía.
Ese tono que no empuja, que no invade, pero que se queda. Como una mano abierta que no toca y aun así calienta.

Cierro los ojos.

La veo. Sentada frente a mí. La espalda recta, pero no rígida. Esa postura que ya no es protocolo, es resistencia. La recuerdo cuando dijo lo de su hermana. La forma en que bajó apenas la mirada. No para esconderse. Para sostenerse.

El pecho se me tensa.

No es excitación inmediata. Es algo más lento. Más profundo. Un peso agradable y peligroso a la vez que se instala bajo la piel. Como si el cuerpo hubiera entendido algo antes que yo.

Paso la mano por el abdomen. El contacto propio no debería significar nada. Es automático. Un gesto antiguo. Pero hoy se queda un segundo más de lo habitual.

El pulso vuelve a acelerarse.

No pienso en desnudez.
Pienso en presencia.

En cómo el aire entre nosotros se volvió distinto. En cómo su mirada no se apartó cuando hablé. En ese silencio compartido que no pidió explicación ni permiso.

La mano baja apenas. No busco alivio. Busco anclarme. Recordarme que sigo aquí. Que este cuerpo es mío.

Y aun así, la imagen se cuela.

Lucía acercándose un poco más de lo necesario al final de la sesión. El borde de la mesa dejando de ser frontera. La posibilidad flotando, intacta, entre los dos.

Aprieto la mandíbula.

Esto no es bueno.
Esto no es seguro.
Pero tampoco es sucio.

Eso es lo que más me desconcierta.

El contacto propio se vuelve más consciente. No rápido. No urgente. Lento. Como si el cuerpo explorara una idea nueva, no una necesidad vieja. La respiración se me escapa en un suspiro bajo, contenido.

Cierro los ojos con fuerza.

No la imagino haciendo nada.
La imagino mirándome.

Ese es el punto donde el cuerpo cede un poco más. Donde la tensión encuentra un cauce. El ritmo interno se acomoda, se intensifica, se vuelve cálido. No hay violencia. No hay culpa inmediata. Solo una sensación clara de querer quedarse ahí un momento más.

El clímax llega suave, sin estallar. Como una ola que no rompe, pero empapa todo. El cuerpo se relaja después, pesado, vulnerable. Respiro hondo. Una vez. Dos.

La calma dura poco.

La realidad vuelve despacio, pero firme. Las paredes. El metal. El silencio ajeno. La mano vuelve al pecho. El pulso aún rápido, pero estable.

Abro los ojos.

Esto no fue solo deseo.
Fue dirección.

Tres meses. La palabra vuelve, inevitable. Tres meses para estar afuera. Tres meses para que todo esto se vuelva imposible o demasiado real.

Me giro de lado. Doy la espalda a la pared. Cierro los ojos otra vez, esta vez sin huir.

No crucé hoy.
No la toqué.
No dije lo que no debía.

Pero el cuerpo ya tomó nota.
Y cuando vuelva a verla —porque voy a volver a verla— no va a ser igual.
No para mí.

No después de entender que no la deseo para perderme,
sino para descansar.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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