Dónde los culpables aprenden a amar

La pregunta

(Lucía)

No empiezo con una introducción.
No reviso el reloj.
No le ofrezco agua.

—Quiero hablar del accidente —digo.
Bruno no reacciona de inmediato. No frunce el ceño, no se mueve. Solo levanta la vista, como si hubiera esperado esa frase durante semanas y, aun así, no supiera dónde ponerla.

—No está en el plan de hoy —responde.

—Está en todos los planes —contesto—. Aunque no lo nombremos.

Silencio. Denso, incómodo. No el de siempre. Este pesa distinto.

—La mujer estaba embarazada —digo, ahora más despacio—. Siete meses.

Él traga saliva. No baja la mirada.

—Ocho —corrige—. Casi ocho.

Ahí está. La grieta. No la fuerza; dejo que respire.

—Hubo pérdida fetal —añado.

—Murió —dice él—. No “pérdida”. Murió.

No lo dice con rabia. Lo dice como quien se cansó de que edulcoren una palabra que le atraviesa el pecho todos los días.

—¿La viste? —pregunto.

—Sí.

No elaboro. No pregunto cómo. No hace falta.

—¿Escuchaste algo? —insisto.

Esta vez sí baja la mirada. No mucho. Lo suficiente.

—El golpe no la mató —dice—. El golpe la dejó viva el tiempo suficiente para darse cuenta.

Siento un vértigo breve, seco, como si el aire se adelgazara.

—¿Y el bebé?

—No lloró.

Cierro los ojos un segundo. No para protegerme. Para no interrumpir.

—¿Por qué nadie habla de eso en los informes? —pregunto.

—Porque no cabe —responde—. Porque no sirve para nada. Porque no cambia el resultado.

Abro el expediente frente a mí. No lo miro.

—¿Y a ti? —le digo—. ¿Te cambia algo?

Levanta la vista. Ahora sí. Directo.

—Todo.

La palabra cae sin eco. No la adorna.
Respiro hondo. Este es el punto donde debería volver al rol. Donde debería reconducir, suavizar, contener. No lo hago.

—Mi hermana murió en un accidente parecido —digo.

No estaba planeado. Sale igual.

Bruno parpadea. Una sola vez.

—No lo sabía.

—No está en mi expediente —respondo—. No quise que estuviera.

Silencio otra vez. Diferente. Compartido.

—No estaba embarazada —aclaro—. Pero iba a estarlo. Lo sabía. Yo lo sabía. Nadie más.

Mis dedos se tensan sobre la mesa. No los retiro.

—Yo no iba manejando —digo—. Pero estaba ahí. Y sobreviví.

Él asiente despacio. No como comprensión. Como reconocimiento.

—Entonces sabes —dice.

—Sé —respondo— lo que es vivir con una escena que se repite cuando nadie la está mirando.

No hablamos por unos segundos. No hace falta.

—No te traje aquí para absolverte —añado—. Ni para condenarte.

—¿Entonces para qué? —pregunta.

Lo miro.

—Para dejar de fingir que solo uno de los dos carga algo.

Bruno apoya los antebrazos sobre la mesa. Sin darse cuenta, su mano queda cerca de la mía. No la aparta. Yo tampoco.

—Nunca quise que me tocaran después —dice—. Hasta ahora.

No es una invitación. Es una constatación.

Mi mano se mueve primero. Apenas. Lo suficiente para cubrir la suya.

El contacto es breve. Correcto. Inapropiado.
No la retiro de inmediato.

Él levanta la vista. Sostiene la mirada más de lo debido. No pasa nada más. Justamente por eso, pasa todo.

Cuando separo la mano, ninguno dice nada.
La sesión terminó hace rato.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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