El metal suena distinto cuando vuelvo a la celda.
No es más fuerte. Es más cercano.
La puerta se cierra y el eco tarda en morir. Me quedo de pie un segundo de más, como si el cuerpo no hubiera recibido la orden de sentarse todavía. El contacto sigue ahí. No en la mano. En la memoria muscular. Como si algo hubiera quedado mal acomodado.
Me siento.
El pulso no golpea hoy. Tira.
Desde adentro.
Cierro los dedos. Los abro. Nada se va.
—Eh —dice alguien desde la celda de enfrente—. ¿Todo bien?
No respondo. No porque no quiera. Porque si abro la boca, sale otra cosa.
La escena vuelve en fragmentos cortados:
la mesa,
su mano sobre la mía,
la forma exacta en que no la retiró enseguida.
No fue un error. Eso es lo que más pesa.
Fue una decisión mínima. Precisa. Compartida.
El custodio pasa lista. Mi apellido suena normal en su boca. Yo asiento como siempre. Profesional. Correcto. Nadie ve nada. Eso es lo peligroso: nadie ve nada.
Hasta que sí.
—Bruno —dice el mismo custodio al regresar—. El coordinador quiere verte. Ahora.
No pregunta. No explica.
El pasillo es estrecho. Demasiado iluminado. Camino con las manos visibles, la espalda recta. El cuerpo sabe cuándo no conviene llamar la atención.
La oficina no es la de las sesiones. Es más chica. Más administrativa. Más limpia. El coordinador no sonríe.
—Siéntate.
Obedezco.
—Hoy hubo una desviación —dice—. En el enfoque terapéutico.
No respondo. Lo dejo hablar. Siempre funciona.
—La licenciada reportó una sesión… intensa.
La palabra queda flotando. Intensa puede significar muchas cosas. Ninguna buena.
—¿Hiciste contacto físico?
La pregunta es directa. Demasiado.
—No —respondo.
No miento. No del todo.
Me observa. No busca culpa. Busca grietas.
—Las cámaras no registraron nada indebido —continúa—.
Pero hubo una pausa prolongada. Un silencio no programado.
Silencio no programado.
Así llaman a lo que no saben nombrar.
—Estoy evaluando —dice— si corresponde suspender temporalmente las sesiones.
Ahí está el golpe real.
—Eso afectaría mi proceso —digo.
—Exacto —responde—. Y el de ella.
Levanto la vista. Por primera vez.
—No fue irresponsable —añado—. Fue honesto.
El coordinador entrecierra los ojos.
—Ten cuidado —dice—. La honestidad mal ubicada también es una forma de sabotaje.
Me levanto cuando me lo indica. Las esposas vuelven a cerrar sobre mis muñecas. El metal está frío. Siempre lo está. Hoy se siente distinto.
En el camino de regreso, un interno choca conmigo sin querer. El golpe es leve, pero el contacto activa algo. El cuerpo reacciona antes que la cabeza. Me tenso. Respiro. Bajo.
Control. Siempre control.
En la celda, me siento en la litera inferior. Apoyo los antebrazos en las rodillas. Miro mis manos. Las mismas que no quería que nadie tocara. Las mismas que hoy no se apartaron.
Tres meses.
Condicional.
Suspensión.
Ella.
No crucé del todo. No hoy.
Pero el sistema ya lo sintió.
Y ahora sé algo que no sabía antes:
no soy el único que tiene algo que perder.
Cierro los ojos. No para dormir. Para sostener.
Porque lo que empezó en esa mesa ya está en movimiento.