El teléfono vibra cuando estoy guardando el expediente.
No suena. Vibra. Como si supiera que no quiero oírlo.
Miro la pantalla. Coordinación.
No respiro hondo. No me preparo. Contesto.
—Licenciada —dice—. ¿Tiene un minuto?
Siempre tienen un minuto. Nunca es solo uno.
—Sí.
—Necesito que pase a mi oficina antes de retirarse.
Cuelga sin despedirse.
La carpeta pesa más de lo normal en mis manos. No por el papel. Por lo que no está escrito. Camino por el pasillo con el paso medido, el mismo que uso cuando no quiero que nadie note que algo cambió. Cada puerta que cruzo suena demasiado fuerte. Cada cámara me parece más atenta.
La oficina es pequeña. Limpia. Demasiado ordenada. El coordinador no me invita a sentarme. Eso también es nuevo.
—Hubo una observación en la sesión de hoy —dice.
No pregunto cuál. No sirve.
—Se reportó un cruce de límites —continúa—. Sutil. No visible en cámaras. Pero perceptible.
La palabra perceptible se me clava entre las costillas.
—No hubo contacto inapropiado —digo.
—No dije que lo hubiera —responde—. Dije que hubo algo que se salió del encuadre.
Me mira como si esperara una corrección. Una disculpa. Algo dócil.
—La sesión fue honesta —repito—. Y clínica.
—Fue personal —corrige—. Y eso es un problema.
Silencio.
—Estoy evaluando suspender temporalmente el proceso —añade—. O reasignarlo.
No dice su nombre. No hace falta.
La amenaza no es hacia él. Es hacia mí. Lo sabemos los dos.
—Eso no sería terapéutico —digo.
—Tampoco lo es que usted proyecte —responde—. Su expediente personal no debería cruzarse con el de un interno.
El golpe es limpio. Preciso. Profesional.
—No crucé información confidencial —digo.
—Pero cruzó algo —insiste—. Y ese “algo” es lo que pone en riesgo su estabilidad profesional.
Estabilidad emocional.
Estabilidad profesional.
Siempre la misma palabra. Diferentes jaulas.
—Quiero que redacte un informe detallado de la sesión —ordena—. Hoy. Sin omisiones. Y hasta entonces, queda en observación.
Asiento. Siempre asiento.
Salgo de la oficina con la espalda recta. Camino hasta el baño más cercano. Cierro el cubículo. Apoyo la frente en la puerta. Cuento hasta cinco. No lloro. No tiemblo. Pero el cuerpo está alerta. Demasiado. Como si hubiera sobrevivido a algo y todavía no supiera a qué.
Saco el celular. Lo miro. Lo guardo.
El informe espera en blanco cuando vuelvo a mi escritorio. El cursor parpadea. Paciente. Como si no supiera lo que le estoy pidiendo.
Empiezo a escribir.
Borro.
Vuelvo a escribir.
Hay dos versiones posibles:
la correcta
y la verdadera.
La correcta protege el sistema.
La verdadera nos expone a los dos.
Pienso en su mano. En cómo no la retiró. En cómo yo tampoco. En lo que eso dice de mí, aunque nadie más lo vea. En lo fácil que sería escribirlo tal cual pasó. En lo rápido que todo terminaría si lo hiciera.
Cambio una palabra. Luego otra. Ajusto tiempos. Elimino una frase. No miento. Acomodo.
Cuando termino, leo el informe una sola vez. Es limpio. Profesional. Insuficiente para condenar. Suficiente para continuar.
Lo envío.
El “enviado” aparece en la pantalla. No hay vuelta atrás.
Recojo mis cosas. Apago la computadora. Camino hacia la salida con la sensación incómoda de haber elegido un bando sin nombrarlo. Cada paso es más consciente que el anterior.
En el estacionamiento, el aire de la tarde me golpea la cara. Respiro. Por primera vez en horas. Me quedo quieta unos segundos antes de subir al auto, como si el cuerpo necesitara confirmar que sigue libre.
No sé qué va a pasar mañana.
Sé algo peor: sé lo que estoy dispuesta a hacer para que no termine hoy.
Arranco el auto.
Mientras manejo, la ciudad pasa como ruido de fondo. Semáforos. Gente. Normalidad. Todo demasiado ajeno. Pienso en la cámara de la sala. En la palabra observación. En la línea que ya no es teórica.
Tomo una decisión más. Pequeña. Peligrosa.
Mañana, en la sesión, no voy a medir el silencio.
Voy a usar el silencio.
No para provocarlo.
Para escuchar qué hace cuando no lo lleno.
Porque si el sistema ya sospecha, fingir neutralidad es la forma más rápida de perderlo todo.
Y esta vez, no pienso fingir.