Dónde los culpables aprenden a amar

Después del contacto

(Bruno)

La puerta de la sala se cierra y el sonido no se parece a ninguno de los otros.
No es más fuerte. Es más definitivo.

Camino por el pasillo con las manos atrás, como siempre. El custodio adelante. El otro atrás. El cuerpo en automático. Pero algo no volvió a su lugar cuando ella retiró la mano. Algo quedó mal acomodado bajo la piel.

No miro atrás. No necesito hacerlo para saber que ya no está.
En la celda, el aire es distinto. Más denso. O soy yo. Me siento en la litera sin quitarme los zapatos. Apoyo los codos en las rodillas. Bajo la cabeza. Respiro. Una vez. Dos. No sirve.

La recuerdo de pie. No profesional. No distante. Presente.
La forma en que dijo su hermana.
La forma en que no retiró la mano primero.

Eso fue el cruce. No el contacto.

La decisión de no corregirlo.

Me froto la muñeca sin darme cuenta. El pulso sigue ahí. Golpeando. Rápido. Insistente. Como si quisiera salirse. Aprieto los dedos. Nada baja.

No debería pensar en ella aquí. Este lugar no admite nombres. No admite rostros. Solo tiempo.
Y aun así…

El recuerdo se impone. No como imagen. Como sensación. La atención completa. Esa forma de mirar que no pide nada y lo toma todo. No deseo vacío. Reconocimiento. Amargo.

—Carajo… —murmuro.

No levanto la voz. No hago ruido. Pero el cuerpo no entiende de reglas. La tensión baja lenta, se instala, se vuelve incómoda. No es erección franca. Es algo peor. Expectativa. La certeza de que algo se abrió y no va a cerrarse solo.

Me acuesto boca arriba. El techo tiene la misma grieta de siempre. La sigo con la mirada como si pudiera anclarme ahí. No funciona. La escena vuelve. La mesa. La cámara. El espacio mínimo donde todo fue correcto… excepto nosotros.

Nunca quise que me tocaran después.
Y ahora el cuerpo lo recuerda como si hubiera sido más que una mano.

Aprieto los ojos. Veo luces blancas. Olor a hospital. El vientre. El silencio que nadie supo llenar. La culpa siempre vuelve cuando bajo la guardia. Pero hoy viene mezclada con algo nuevo. Algo que no es castigo. Es impulso.

Ella también sabe.
Eso lo cambia todo.

Me incorporo de golpe. Camino dos pasos. Vuelvo. El espacio es ridículo para la cantidad de cosas que pasan por dentro. Me paso la mano por la cara. Siento la barba áspera. Real. Presente.

Tres meses.
Condicional posible.
Palabra peligrosa.

Antes, la idea era un número. Ahora tiene rostro. Voz. Una mano que no se retiró.

Eso es lo que más me asusta.

No quiero arrastrarla a esto. No quiero contaminarla con lo que soy aquí. Y, aun así, la parte más honesta de mí ya decidió algo distinto. No avanzar sería mentir. Y de eso ya tuve suficiente.

Me siento otra vez. Bajo la voz aunque nadie escuche.

—No cruces —me digo.

La frase no tiene peso.

Lo que sí lo tiene es la certeza que se instala despacio, sin dramatismo: ella está en riesgo. No por mí. Por el sistema. Por las miradas que no necesitan pruebas. Por la palabra observación.

Y si el sistema ya la está mirando, alguien va a pagar.

Cierro los ojos. Esta vez no para huir. Para decidir.

Mañana, cuando entre a esa sala, no voy a tocarla.
No voy a provocar.
No voy a pedir.

Pero voy a hablar. Y lo que diga no va a dejarle espacio para fingir que esto sigue siendo solo terapia.

Porque después del contacto, aunque haya sido mínimo, ya no hay neutralidad posible.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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