(Lucía)
El grito no viene de Bruno.
Viene del fondo del módulo.
No debería estar aquí hoy. La sesión estaba programada para mañana. Pero el director pidió “presencia inmediata” después de un altercado. Esa palabra siempre miente. Altercado es sangre sin testigos.
Cuando cruzo el pasillo, ya hay dos custodios forcejeando con un interno. Otro yace en el suelo, la cara abierta como una fruta mal cortada. El olor metálico me pega antes que la imagen.
—¡Atrás, doctora! —grita alguien.
No obedezco. Nunca obedezco cuando el cuerpo se adelanta a la cabeza.
Bruno está contra la pared. No esposado. Inmovilizando. Tiene a un hombre más grande que él con el brazo torcido en un ángulo imposible. No lo está golpeando. Eso es lo que más impresiona. Está controlando. Preciso. Frío. Como si el caos fuera un idioma que domina.
—¡Suéltalo! —ordenan.
Bruno levanta la vista. Me ve.
Ese segundo lo rompe todo.
No afloja, pero cambia el peso. Protege su costado. El otro interno aprovecha para escupir sangre y soltar una carcajada rota.
—Ella no debería ver esto —dice Bruno, sin gritar.
No es una súplica. Es una advertencia.
El custodio lo golpea con la macana en las costillas. El sonido es seco. Animal. Bruno gruñe, pero no cae. Aprieta más. El interno chilla. La escena se sale de control en medio segundo.
—¡Basta! —grito.
Mi voz corta más que la macana. Nadie sabe por qué. Pero se detienen. Dos segundos. Suficientes.
Bruno suelta al hombre. Da un paso atrás. Levanta las manos despacio. El pecho sube y baja rápido. Sangra por la ceja. No parece notarlo.
El director llega tarde, como siempre. Ordena aislamiento. Castigo. Informe.
—Fue defensa —digo—. Tengo que evaluarlo.
El director me mira con fastidio. Luego a Bruno. Luego a mí otra vez. Algo calcula.
—Diez minutos —escupe—. Con la puerta abierta.
La sala es más chica que la de terapia. Una mesa. Dos sillas. La puerta con vidrio. Un custodio afuera. Otro más lejos.
Bruno se sienta mal. Le duele. Lo sé por cómo inclina el cuerpo. Me acerco sin pensar y le limpio la sangre con una gasa. Mi mano tiembla. La suya no.
—Te van a mandar al hoyo —le digo.
—Ya lo sé.
—Pudiste soltar antes.
—No.
Levanto la vista. Sus ojos están encendidos. No violentos. Alertas. Como si todavía estuviera ahí afuera.
—¿Por qué? —pregunto.
Se inclina hacia mí. La distancia es un error. Lo sabemos los dos.
—Porque si aflojo, muere otro —dice—. Y esta vez no iba a ser yo.
El silencio pesa. La respiración se cruza. Mi pulgar roza su piel sin querer. Él no se mueve. No me lo impide.
—Esto no puede volver a pasar —digo, más para mí que para él.
—Va a pasar —responde—. Aquí siempre pasa.
La puerta vibra. El custodio golpea el vidrio. Tiempo.
Me enderezo. Profesional. Tarde.
Antes de salir, Bruno habla bajo. Apenas.
—Lucía.
Es la primera vez que dice mi nombre.
—Si sigues viniendo… te van a usar.
Me quedo quieta.
—¿Y tú? —pregunto.
Sonríe sin humor.
—Yo ya soy moneda vieja.
Salgo. La puerta se cierra. El ruido esta vez no es definitivo.
Es una promesa.