Dónde los culpables aprenden a amar

Zona gris

La observación no se anuncia.
Se siente.

Empieza con detalles mínimos: el custodio que no hace el chiste de siempre, la puerta que tarda un segundo más en abrirse, la cámara apuntando un poco más abajo, como si alguien hubiera corregido el ángulo con cuidado.

No me dicen nada.
Eso es lo peor.

Cuando entro a la sala de sesión, ella todavía no está. La mesa está limpia. Demasiado. Sin el vaso de plástico, sin la carpeta mal cerrada. Todo alineado. Clínico. Frío.

Me siento.
Espero.

El reloj no avanza. O yo no lo siento avanzar. Tengo la espalda recta, las manos sobre los muslos. Me entrenaron para esto. Para parecer tranquilo cuando el cuerpo quiere huir.

Pienso en su mano sobre la mía.
No como recuerdo bonito. Como evidencia.

La puerta se abre.

Lucía entra sin mirarme de inmediato. Trae la carpeta pegada al pecho, como si así pudiera contener algo. Está distinta. No cansada. No nerviosa. Más tensa. Como si hubiera elegido una postura y fuera a sostenerla cueste lo que cueste.

—Siéntate —dice, y recién entonces levanta la vista.

No hay saludo.
Eso también es nuevo.

—Hoy tenemos menos tiempo —añade—. Y más restricciones.

Asiento. Siempre asiento. Ella se sienta frente a mí, dejando más espacio del habitual entre los dos. No por pudor. Por protocolo.

—Estamos en observación —dice, directa—. La sesión anterior generó alertas.

No finjo sorpresa.

—¿Para ti o para mí? —pregunto.

Sus labios se tensan apenas.

—Para los dos.

Silencio. Pero no el de antes. Este está lleno de palabras que no se pueden decir.

—Van a escuchar esta grabación —continúa—. Cada frase.

Cada pausa.

—Entonces no digas mi nombre —respondo—. Eso siempre les molesta.

Me mira fijo. No sonríe.

—No hagas chistes hoy.

No lo hago.

—Quiero retomar el tema del accidente —dice—. Pero necesito que entiendas algo antes.

Se inclina apenas hacia adelante. No mucho. Lo suficiente para que yo lo note.

—Si cruzamos otra línea, me sacan del caso.

No dice si nos descubren. Dice si cruzamos.

—¿Y tú? —pregunto—. ¿Qué te sacan a ti?

No responde de inmediato. Baja la mirada a la carpeta. La abre. Hay hojas nuevas. No son mías.

—Todo —dice al fin—. Me sacan todo.

Algo se acomoda mal en mi pecho. No es culpa. Es otra cosa. Responsabilidad, tal vez. O miedo. Miedo de que esta vez el daño no sea solo hacia adentro.

—Entonces no crucemos —digo.

Levanta la vista. Me mira como si hubiera dicho una mentira bonita.

—No es tan simple.

—Nunca lo es —respondo.

Hablamos del accidente. De lo que ya dijimos. De lo que no se dijo. Con palabras medidas. Limpias. Como si estuviéramos desactivando una bomba con guantes quirúrgicos.
Pero hay cosas que no se limpian.

—Anoche soñé con el sonido —digo de pronto.

Ella se tensa.

—¿Qué sonido?

—El silencio después —respondo—. Cuando todo ya pasó y nadie sabe todavía.

No toma notas. Eso también lo noto.

—¿Y yo? —pregunta—. ¿Estaba ahí?

La pregunta me desarma más que cualquier recuerdo.

—No —digo—. Por eso fue peor.
Silencio.

La cámara parpadea. Roja. Encendida.

—Bruno —dice ella, y esta vez sí usa mi nombre—. Necesito que me digas algo con honestidad brutal.

Asiento.

—¿Qué estás esperando que pase entre nosotros?

La pregunta queda suspendida. Peligrosa. Directa. Irreversible.

La miro. No a su cuerpo. A su cara. A esa grieta mínima bajo el control.

—Nada bueno —respondo.

No aparta la mirada.

—Eso no es una respuesta clínica.

—Es la única verdadera.

La cámara sigue grabando. El sistema escuchando. Las reglas intactas. Y aun así, algo se mueve.
Lucía cierra la carpeta.

—La sesión termina aquí —dice.

Se levanta. Demasiado rápido.

Yo también.

No nos tocamos. No hace falta. La distancia vibra como si fuera una cuerda tensa.
Antes de abrir la puerta, se detiene.

—Mañana —dice, sin mirarme—, van a decidir si sigo siendo tu terapeuta.

—¿Y tú qué quieres? —pregunto.

Esta vez sí me mira.

—Quiero dormir sin soñar con choques —dice—. Y no sé si eso incluye dejarte.

Abre la puerta. Sale.

La puerta se cierra.
El metal suena distinto otra vez.

Y entiendo algo con claridad incómoda:
la observación no es para protegernos.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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