No debería estar aquí tan tarde.
Lo sé desde que estaciono. Desde que apago el motor y me quedo unos segundos con las manos sobre el volante, sintiendo el pulso en las yemas de los dedos. No es nervios.
Es anticipación. Y eso es peor.
El edificio cambia después de cierta hora. Los sonidos se vuelven más huecos. Los pasillos más largos. La vigilancia más visible y, al mismo tiempo, más cansada. Nadie espera que pase nada cuando todo parece quieto.
Entro con la carpeta bajo el brazo. No pesa por el papel. Pesa por lo que no escribí. Por lo que dejé fuera a propósito.
La puerta se cierra detrás de mí con un clic seco.
Bruno está de pie, no sentado. Eso ya rompe el encuadre. No sonríe. No dice nada al principio. Me observa como si estuviera midiendo algo que solo él ve.
—Pensé que no vendrías —dice al fin.
—No debía —respondo.
Dejo la carpeta sobre la mesa. No la abro. Ese gesto también es una confesión.
—Esto no está registrado —añado—. Y no puede repetirse.
—Entonces no lo hagas —dice, sin ironía.
Doy un paso. Él no retrocede. El espacio entre nosotros se reduce hasta volverse incómodo, eléctrico. No hay mesa de por medio ahora. No hay vidrio. No hay nada que amortigüe.
—Hoy deciden si sigo siendo tu terapeuta —le digo.
—Y aun así estás aquí.
—Y aun así —repito, sabiendo que esa frase ya es una grieta.
El silencio ya no sirve para pensar. Sirve para sentir. El aire se espesa. Me doy cuenta de cada detalle con una claridad brutal: su respiración, el calor que irradia, la forma en que su cuerpo está tenso pero contenido, como si se hubiera entrenado para no moverse… y ahora le costara.
—No deberíamos —digo.
—No —coincide—. Pero llevamos semanas no haciéndolo.
Da un paso. Uno solo. Suficiente para que mi cuerpo reaccione sin pedirme permiso. La piel se me eriza. La respiración se me desarma.
—Si me tocas —digo, más bajo—, no hay vuelta atrás.
—Si no te toco —responde—, tampoco.
Mi mano se mueve primero. No pienso. No calculo consecuencias. Le agarro la camiseta a la altura del pecho. No lo acerco. Me sostengo yo.
Su mano sube despacio, deliberada. No me agarra. Me roza la cintura, como preguntando, como dejando abierta la última salida posible.
No la tomo.
Cuando me besa no es suave. Tampoco es torpe. Es contenido durante demasiado tiempo. Boca firme, presión medida, hambre controlada a fuerza de voluntad. Siento cómo se le corta la respiración cuando mi cuerpo responde igual.
Mis dedos se hunden en su espalda. No hay prisa. No hay delicadeza fingida. Hay reconocimiento.
—Lucía… —dice, quebrado.
Oír mi nombre así me desarma. Me atraviesa el pecho como una verdad que no quería admitir.
Lo empujo apenas hasta que su espalda roza la mesa. No lo siento. Me siento yo. Mi control cayéndose a pedazos. Mi ropa tirante. Su cuerpo reaccionando sin esconderse.
Nos detenemos los dos al mismo tiempo.
Respiramos cerca. Demasiado cerca. El silencio ahora vibra.
—Esto es todo —digo—. Hoy.
—Lo sé.
Pero no se separa.
Apoya la frente en la mía. No me besa. Ese gesto es más íntimo que cualquier otra cosa. Más peligroso.
—Si mañana te quitan —dice—, no quiero que esto haya sido solo algo que imaginé durante meses.
No respondo. Me separo primero. Ajusto mi ropa con manos que todavía tiemblan. Tomo la carpeta vacía. Esa ausencia pesa más que cualquier informe.
—Mañana —digo—, no voy a protegerte más que a mí.
—Eso ya es mucho —responde.
Abro la puerta.
Antes de salir, lo miro una última vez. No como terapeuta. No como error.
Como decisión.