Cuando la puerta se cierra detrás de Lucía, el silencio no vuelve a ser normal.
No es vacío.
Es presión.
Me quedo de pie varios segundos sin moverme, como si el aire todavía guardara su forma. El lugar donde estuvo. El calor que dejó. El olor leve, casi inexistente, que no debería notar… pero noto.
Apoyo las manos en la mesa. Bajo la cabeza. Respiro hondo.
La he visto irse antes. Siempre se va. Siempre cruza esa puerta con algo más recto en la espalda, como si acomodarse el cuerpo fuera suficiente para volver a ser quien se supone que es.
Pero hoy no.
Hoy dejó algo abierto.
Y eso es peor que cualquier promesa.
Esa noche no duermo. No por ansiedad. Por claridad. La cabeza me trabaja con una precisión cruel. Repaso cada gesto, cada palabra no dicha. La forma en que no me apartó cuando pudo. La manera en que se quedó un segundo más del necesario, como si también ella estuviera midiendo la caída.
En la mañana, el penal despierta como siempre: metal, llaves, órdenes cortas. Pero yo ya no estoy en el mismo lugar. Algo se desplazó por dentro. Una línea que creía fija ahora está borrosa.
En el patio, uno de los custodios me observa más de lo normal. No dice nada. No necesita. Aquí las miradas también pesan.
—¿Todo bien? —me pregunta otro interno, fingiendo normalidad.
Asiento. No es mentira. Todo está demasiado bien. Y eso me pone en alerta.
El pase a terapia llega más tarde de lo habitual. Casi pienso que no va a pasar. Cuando dicen mi nombre, el estómago se me tensa, pero no sonrío. No aquí. No ahora.
Camino por el pasillo largo, el que siempre parece igual y hoy se siente distinto. Cada paso retumba como si marcara algo definitivo.
La puerta está cerrada cuando llego.
Espero.
Nada.
Cuando se abre, no es Lucía la que aparece primero. Es el jefe de área. Mi pulso no se acelera. Se enfría.
—Pasa —dice.
El consultorio está igual, pero no lo está. Ella está sentada, rígida, con la carpeta abierta esta vez. No me mira de inmediato.
—Siéntate —dice él.
Obedezco.
—Hubo una observación —continúa—. Nada formal aún. Pero vamos a estar revisando protocolos. Interacciones. Horarios.
Lucía levanta la vista entonces. Sus ojos se cruzan con los míos solo un segundo. El suficiente para decir muchas cosas sin mover la boca.
Cuidado.
No ahora.
No mires.
Asiento cuando me preguntan algo que no escucho del todo. Contesto lo justo. El encuentro dura menos de lo habitual. Demasiado controlado.
Cuando salgo, no sé si sentir alivio o rabia.
Esa tarde, ella no aparece.
Ni al día siguiente.
Ni al otro.
El deseo sin salida empieza a transformarse en algo más oscuro: miedo. No de perderla como mujer. De perderla por haberla tocado sin tocarla. Por haber cruzado una frontera que ahora parece visible para todos menos para nosotros.
Al cuarto día, me llaman de nuevo.
Esta vez es tarde. Demasiado tarde para ser normal.
El consultorio está apenas iluminado. Una sola lámpara. Ella está de pie junto a la ventana, de espaldas.
—No debería estar aquí —dice sin girarse.
—Yo tampoco —respondo.
Se da la vuelta. Está cansada. No derrotada. Cansada de sostener algo que se le está cayendo.
—Van a moverme —dice—. No hoy. Pronto.
El golpe es seco. No lo demuestro. Aprendí hace años a no hacerlo.
—¿Por mí?
—Por nosotros —corrige—. Aunque nadie lo va a decir así.
Da un paso hacia mí. Luego otro. Se detiene a medio metro. La distancia exacta donde el cuerpo empieza a decidir por su cuenta.
—Esto tiene que parar —dice, con voz firme.
—¿Quieres que pare? —pregunto.
Silencio.
—No —responde—. Quiero que no me arrastre conmigo cuando caiga.
La miro. De verdad la miro. No como figura de autoridad. No como error. Como alguien que también está arriesgando todo.
—No te voy a pedir nada —le digo—. Pero no finjas que esto no existe.
Se le quiebra la respiración. Solo un poco. Suficiente para delatarla.
—No es justo —susurra.
—Nunca lo es.
Esta vez es ella la que se acerca. No hay besos. No hay caricias evidentes. Apoya la mano en mi pecho, siente el latido. Fuerte. Presente.
—Si esto sale mal —dice—, no va a ser solo profesional.
—Ya lo sé.
Cierra los ojos un segundo. Como si tomara impulso. Como si aceptara algo que ya estaba decidido.
—Entonces no me mires como si fuera fácil irme —dice—.
Porque no lo es.
No la detengo cuando se separa. No la sigo cuando abre la puerta. Pero cuando sale, algo queda claro, nítido, irreversible:
Esto ya no es tensión contenida.
Es una cuenta regresiva.
Y cuando vuelva a verla —porque va a volver—
ya no va a haber reglas suficientes para sostener lo que viene.