Dónde los culpables aprenden a amar

Rumor

El rumor no nace grande. Nunca lo hace.
Se filtra.

Empieza en un rincón donde nadie mira, entre dos bocas que no tienen nada que perder y todo que ganar con una versión torcida. No necesita pruebas. No necesita nombres completos. Solo una insinuación bien colocada.

—Dicen que la licenciada se pasó de lista.

—¿Cuál?

—La que veía al del accidente.

—Ah.

Ese “ah” es suficiente. En este lugar, el “ah” es una sentencia flotando en el aire.

Yo no escucho el rumor de frente. Me llega por el cuerpo antes que por los oídos. Por la forma en que el comedor se calla medio segundo de más cuando entro. Por cómo un custodio evita cruzar mirada. Por el silencio que ya no es neutro: ahora observa.

Eso es lo peligroso.

No el odio.
La observación.

Ese mismo día, en el pasillo, uno de los internos me roza el hombro al pasar. No es un accidente. No es fuerte. Es medido.

—Con cuidado —murmura—. Hay gente hablando.

No le pregunto quién. Aquí, el “quién” nunca importa tanto como el “cuándo”.

Sigo caminando. No acelero. No me detengo. Aprendí hace tiempo que cualquier gesto exagerado se lee como miedo… o como desafío. Y ninguno conviene todavía.

Lucía termina de guardar el expediente cuando el edificio administrativo empieza a vaciarse. No hay prisa. Nunca la hay cuando el sistema ya decidió.

Camina por el pasillo con el paso exacto que se espera de ella. Espalda recta. Cabeza alta. El cuerpo obediente aunque por dentro algo ya se haya corrido de lugar.
Entrega el gafete. Firma. La pluma raspa el papel con un sonido demasiado fuerte en el silencio de la oficina.

—¿Todo bien? —pregunta alguien sin mirarla.

—Sí —responde.

La mentira no pesa. Lo que pesa es que ya no importa.
Sale sin despedidas. El aire exterior le pega en la cara como un golpe breve. Respira hondo, pero no se queda. No quiere darle al cuerpo la oportunidad de dudar.

En el auto, apoya las manos en el volante y se queda quieta unos segundos. No prende el motor. Cierra los ojos.

Recuerda el informe.

Las frases calculadas.
Las palabras que eligió salvar.
Las que dejó morir.

Recuerda también algo peor: que no se arrepiente.
Arranca.

En el penal, el ambiente se espesa conforme avanza la tarde. No hay gritos. No hay peleas abiertas. Solo pequeños desplazamientos en la jerarquía invisible.

Un asiento que ya no está libre.
Una mirada que no se sostiene.
Una risa que se corta cuando paso.

El aviso llega de la forma más antigua: alguien golpea dos veces una mesa, luego una vez más. Código viejo. Pregunta clara.

No respondo.

No porque no entienda.

Sino porque responder demasiado pronto es firmar algo que todavía no quiero firmar.

Esa noche, un custodio se detiene frente a mi celda. Es uno de los viejos. De los que saben cuándo hablar y cuándo no.

—Mantente alerta —dice—. No es orden. Es consejo.

Asiento. Nada más.

Cuando se va, el silencio vuelve, pero ya no es el mismo. Ahora tiene filo.
Lucía conduce sin rumbo fijo. La ciudad pasa frente a ella como si no terminara de encajar. Semáforo rojo. Verde. Rojo otra vez.

En el reflejo del vidrio ve su propio rostro y no lo reconoce del todo. No es culpa. No es miedo. Es otra cosa. Algo más peligroso: determinación sin nombre.
Saca el celular. Abre un contacto. Lo cierra. No ahora.

—No terminó —dice en voz baja.

No como promesa. Como diagnóstico.

Sabe que, si el sistema ya sospecha, fingir neutralidad es inútil. Y por primera vez en años, no quiere ser útil. Quiere ser precisa.

La noche cae dentro del penal con un ritmo propio. Las luces bajan. Las voces se apagan. Es en ese espacio donde la violencia deja de ser ruido y se vuelve intención.
Escucho pasos cerca de mi celda. Se detienen. Siguen. Regresan. Prueban.

Alguien golpea la pared dos veces. Espera. Vuelve a golpear.

No respondo.

Cierro los ojos. No para dormir. Para pensar.

Si cedo ahora, me muevo bajo reglas ajenas.
Si no cedo nunca, no salgo vivo.

El equilibrio es frágil. Y alguien más lo sabe.
A varios kilómetros de ahí, Lucía estaciona el auto frente a su departamento pero no baja. Mira el edificio como si fuera una frontera.

Toma el celular otra vez. Esta vez no lo guarda.
Escribe un mensaje. Lo borra. Vuelve a escribir.
No es largo. No explica nada. No pide permiso.

Solo dice: “Mañana voy a estar ahí. Pase lo que pase.”

No lo envía de inmediato. Respira. Luego sí.

El mensaje se va.

Dentro, yo siento algo cambiar antes de saber qué es. Como un ajuste en el aire. Como si alguien hubiera movido una pieza fuera de mi alcance.

Sonrío apenas. No por alegría.
Porque entiendo.

La próxima jugada ya no depende solo de mí.
Y eso, por primera vez desde que todo empezó, no se siente como una desventaja.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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