La noche no avanza pareja para todos.
En mi módulo, el tiempo se vuelve espeso. No corre: se arrastra. Cada sonido llega con retraso, como si el aire necesitara decidir si vale la pena cargarlo hasta aquí.
Vuelven los pasos. Ya no prueban. Ahora se quedan.
—No va a contestar —dice una voz que no reconozco.
—Todavía no —responde otra—. Déjalo pensar.
Se alejan. No mucho. Lo suficiente para que sepa que esto no fue una advertencia. Fue un anuncio.
Me recuesto en la litera sin cerrar los ojos. La cabeza trabaja rápido, pero el cuerpo permanece quieto. Aprendí hace tiempo que el miedo se huele. Y aquí, o hueles a miedo… o a problema.
Yo elijo lo segundo.
Lucía entra a su departamento sin encender la luz. Deja las llaves sobre la mesa. El bolso cae al piso con un golpe seco que no la sobresalta. Se queda de pie, inmóvil, como si esperara que algo termine de alcanzarla.
El mensaje sigue ahí. Enviado. Sin respuesta.
Se sirve un vaso de agua. No lo bebe. Lo deja en la encimera, intacto, como una decisión aplazada.
Piensa en el coordinador.
En la palabra observación.
En la facilidad con la que el sistema se lava las manos cuando alguien deja de encajar.
Piensa también en la sesión. En el silencio. En cómo ese silencio ya no era una herramienta clínica, sino un idioma compartido.
—Esto no es rescate —se dice—. Es elección.
Se quita el saco. Lo dobla con cuidado excesivo. Control en los detalles cuando todo lo demás empieza a correrse.
El celular vibra.
No es él.
Es un número interno.
—¿Licenciada? —dice una voz femenina—. Le llamo para informarle que mañana su acceso estará limitado. Solo sesión. Sin tiempo extra.
Lucía cierra los ojos.
—Entiendo.
—Y… —la voz duda— tenga cuidado.
La llamada termina.
Lucía abre los ojos. Sonríe apenas.
—Siempre llegas tarde —murmura—. El cuidado ya no sirve.
En el penal, la madrugada cae como un animal cansado. Es entonces cuando ocurre.
La puerta del módulo se abre con un chirrido mínimo. Demasiado mínimo. Error de novato o mensaje claro.
—Bruno —dice un custodio—. Muévete.
No pregunta. No explica.
Camino. Paso a paso. La espalda recta. Las manos visibles. El pasillo parece más largo de lo normal, como si se estirara para ver si flaqueo.
No flaqueo.
Me encierran en una sala pequeña. Mesa. Dos sillas. Sin cámaras visibles.
Entra un interno. Lo conozco de vista. No es impulsivo. Eso es peor.
—Estás generando ruido —dice sin rodeos—. Y el ruido llama cosas.
—No lo empecé yo.
—Nunca lo empieza el que lo paga —responde—. Pero lo sostienes.
Silencio.
—Hay interés afuera —continúa—. Eso te pone precio.
Ahí está. La palabra que esperaba.
—¿Y tú vienes a cobrar? —pregunto.
Sonríe. No con humor.
—Vengo a medir si conviene protegerte… o soltarte.
Lo miro fijo. No bajo la voz.
—Diles que no estoy disponible.
Se inclina hacia mí.
—Nadie lo está. Hasta que lo están usando.
Sale sin despedirse.
La puerta se cierra.
Y entonces lo entiendo: el rumor ya cruzó el muro.
Lucía no duerme. Se sienta en el sofá con el abrigo puesto, como si fuera a salir en cualquier momento. Mira el reloj avanzar sin contar el tiempo. No es ansiedad. Es espera activa.
A las tres de la mañana, el celular vibra otra vez.
Número desconocido.
Contesta.
—No hables —dice una voz masculina—. Solo escucha.
Lucía se incorpora.
—Él está en riesgo —continúa la voz—. Y tú también, aunque no lo creas.
—¿Quién es? —pregunta.
—Alguien que sabe cuándo una línea ya fue cruzada.
La llamada se corta.
Lucía se queda con el teléfono en la mano. No tiembla. No se
sienta. Camina.
Abre la computadora. Accede a un sistema que no debería abrir desde casa. Lo hace igual.
Busca un nombre. Luego otro.
No está rompiendo reglas.
Está comprobando algo.
—Mierda —susurra.
Cierra la laptop.
Ahora sí toma el vaso de agua. Bebe. De un trago.
Cuando amanece, el penal despierta con un pulso raro. Demasiado orden. Demasiada calma.
Eso nunca es buena señal.
Regreso al módulo con la certeza clavada entre los hombros: alguien movió fichas mientras dormíamos.
Y afuera, alguien más decidió no mirar hacia otro lado.
Cuando la reja se abre para la sesión de la mañana, levanto la vista.
Lucía ya está ahí.
No sonríe. No saluda. No finge normalidad.
Solo me mira como si hubiera llegado a tiempo… a algo que todavía no termina de nombrarse.
Y en ese cruce breve, cargado, entiendo dos cosas al mismo tiempo:
Que el peligro ya es compartido.
Y que, a partir de hoy, nadie va a poder fingir que esto sigue siendo solo un proceso.