Dónde los culpables aprenden a amar

La primera grieta

La sala de sesiones no cambia, pero hoy pesa distinto.

La mesa está en el mismo lugar. Las sillas también. El vidrio polarizado observa como siempre. La diferencia es que ahora sé que no estamos solos aunque lo estemos.

Lucía entra sin carpeta.
Ese detalle lo cambia todo.

No saluda. No pregunta cómo estoy. Se sienta y apoya las manos sobre la mesa, abiertas, visibles. No es una postura defensiva. Es una declaración.

—Tenemos poco tiempo —dice.

No “tenemos”. No “la sesión”.
Nosotros.

—Lo sé —respondo.

Ella me observa un segundo más de lo clínicamente correcto. No hay pulso acelerado, no hay análisis del gesto. Hay evaluación. Estrategia.

—El rumor ya cruzó áreas —continúa—. No es solo interno.

—Aquí adentro tampoco es solo rumor —digo—. Ya vino alguien a medir si conviene que siga respirando.

Lucía no reacciona con sorpresa. Eso confirma mis sospechas.

—Anoche recibí una llamada —dice—. No oficial. No registrada.

—Entonces ya estamos fuera del manual —respondo.

—Hace rato.

Silencio. Pero no del que se estira. Del que afila.

—Si esto sigue como va —añade—, te van a forzar a elegir bando.

—Ya lo hicieron.

—No —me corrige—. Todavía te están tanteando. Cuando te obliguen, no va a ser con palabras.

Apoya los codos en la mesa. Se inclina apenas. No invade. Se acerca lo justo.

—Y a mí —continúa— me van a retirar “por protocolo”.

—O peor.

Asiente.

—O peor.

La miro fijo.

—Entonces no podemos seguir reaccionando —digo—. Hay que mover primero.

Lucía respira hondo. No duda.

—Eso implica ensuciarse —responde—. Para los dos.

—Nunca estuve limpio.

—Yo sí —dice—. Hasta ahora.

No lo dice con culpa. Lo dice como quien cruza una frontera consciente.

En el vidrio, una sombra se mueve. Custodio. Atento.
Lucía baja la voz.

—Necesito que aguantes hoy —dice—. Sin responder. Sin mostrarte.

—¿Y mañana?

—Mañana yo hago el ruido.

La miro. De verdad la miro.

—Si haces eso, no hay vuelta atrás.

—Lo sé.

Otra pausa. Esta no es tensa. Es íntima. Peligrosamente íntima.

—Hay algo más —añade—. Si te mueven de módulo… si intentan aislarte…

—¿Sí?

—No firmes nada. No aceptes entrevistas improvisadas. Y no confíes en quien llegue “a ayudarte”.

Sonrío apenas.

—Eso aquí se aprende rápido.

Lucía se levanta. La sesión termina antes de lo previsto. Eso también es un mensaje.

Antes de irse, hace algo mínimo.

Apoya dos dedos sobre la mesa. Exactamente donde estuvieron los míos.

No me toca.
Pero lo dice todo.

Esa tarde, el penal hierve por debajo.

Un interno es reubicado sin explicación.
Otro pierde un privilegio sin motivo claro.

Las piezas se reacomodan.

Yo observo. Espero.

Cuando cae la noche, el movimiento llega.

—Bruno —dice un custodio nuevo—. Cambio de módulo.

No pregunta. No explica.

Recojo mis cosas despacio. Muy despacio. El tiempo aquí también es lenguaje.

En el pasillo, cruzamos miradas. El interno que vino a medir anoche está apoyado contra la pared. Sonríe.

—Te dijeron que aguantaras —murmura—. Vamos a ver si puedes.

No respondo.

El nuevo módulo es más cerrado. Más silencioso. Aquí no se improvisa violencia. Aquí se programa.

Me asignan una litera. Me siento. Espero.

A medianoche, alguien golpea.

Una vez.
Dos.

No contesto.

La tercera vez no golpean la pared.

Golpean al de la litera de enfrente.

Seco. Preciso. Para que entienda.
Me levanto.

—Déjenlo —digo.

Las sombras se mueven.

—¿O qué?

No grito. No amenazo.

—O van a tener que hacer más ruido del que quieren.

Silencio.

Uno se acerca. Demasiado.
Y entonces suena el silbato.

Custodios. Luces. Caos contenido.

Los internos se dispersan. No hubo pelea abierta. Solo aviso.
Cuando todo se calma, estoy de pie. Ileso. Visible.

Y eso también se registra.

A varios kilómetros de ahí, Lucía firma un documento que no debería firmar sola.

No es una denuncia directa.
Es una solicitud de revisión extraordinaria.

Con copias. Muchas copias.
Adjunta fechas. Cambios. Movimientos irregulares.

No acusa a una persona.

Acusa al patrón.

Envía el archivo a tres correos distintos.

Luego apaga la computadora.

Se recuesta en la silla.

Por primera vez en días, tiembla.

No de miedo.
De impacto.

—Ya está —dice en voz baja—. Ahora sí.

Mira el celular.
No hay mensajes.

Pero sabe —con una certeza incómoda y clara— que cuando él se entere, ya no estarán jugando a sobrevivir.

Estarán jugando a resistir.
Y esa es otra liga.



#4952 en Novela romántica
#1853 en Otros
#141 en Aventura

En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.