Dónde los culpables aprenden a amar

Zona muerta

El traslado no avisa. Nunca lo hace.

Se siente.

Primero cambia el ruido. No es más fuerte ni más bajo: es distinto. Las llaves suenan con otra cadencia, los pasos no rebotan igual en el piso. El aire es más denso, como si llevara tiempo acumulando respiraciones ajenas. Cuando la reja se cierra detrás de mí, sin teatralidad, sin palabras, entiendo dónde estoy.

Zona muerta.

Aquí no se viene a cumplir tiempo. Se viene a probar resistencia.

Un custodio lee mi número sin mirarme. No pregunta nada. No explica. Señala con la barbilla una litera del fondo. Camino hasta ahí con el ritmo justo: ni lento, ni apurado. Aprendí hace años que el cuerpo habla incluso cuando la boca no.

—Dicen que traes ruido —dice una voz desde la cama de arriba.

No levanto la cabeza. Dejo mis cosas en el metal frío. Me siento. El colchón cede más de lo que debería.

—Dicen muchas cosas —respondo.

Una risa breve. Sin humor.

—Aquí no llegan rumores gratis.

Levanto la vista entonces. El tipo no parece peligroso de inmediato. Eso lo vuelve más peligroso.

—¿Y tú? —pregunto—. ¿Qué dices?

—Yo observo.

Asiente, como si eso cerrara la conversación. Y la cierra.
Las horas pasan con una lógica torcida. Nadie grita. Nadie pelea. El módulo respira bajo, como un animal que no quiere llamar la atención. Aprendo rápido dónde mirar y dónde no.

Qué bancos se usan. Qué trayectos se evitan. Quién manda sin necesidad de decirlo.

Pienso en Lucía.

No en su mano sobre la mía. No en la cercanía. Pienso en la decisión. En ese mensaje breve que cruzó líneas sin explicarlas. En lo que implica que el sistema haya reaccionado así de rápido.

No fue casualidad.
Fue reflejo.

Un custodio nuevo hace el conteo. Se detiene medio segundo más frente a mí. No es amenaza. Es marca. Cuando sigue, sé que alguien ya tomó nota.

—Te movieron rápido —dice el de la litera—. Eso es mala señal.

—¿Para quién?

—Para todos.

No contesto. Me recuesto al fin. El techo tiene una grieta larga, irregular. La sigo con los ojos como si fuera un mapa que no termina de llevar a ningún lado.
Cierro los ojos. No duermo.

Un golpe seco suena al fondo del módulo. Uno. Luego nada. Nadie se mueve. Nadie pregunta. Entiendo la lección sin que nadie la explique.

La noche se estira. El cuerpo se mantiene alerta aunque la cabeza quiera apagarse. En algún punto, alguien pasa rozando la litera. Demasiado cerca. Intencional. No reacciono.

—Mañana —susurra—. Después del conteo.

—¿Mañana qué?

—Depende —dice—. De si entiendes rápido.

Se va. El silencio vuelve, pero ahora tiene peso.
A kilómetros de ahí, Lucía entra a su departamento sin encender la luz. Deja el bolso caer donde sea. Se queda de pie, como si el piso pudiera moverse.

El celular vibra una vez. Nada más. Eso la inquieta más que un mensaje largo.

Abre la computadora. No el correo institucional. Otro acceso.

Nombres. Fechas. Movimientos administrativos que no deberían coincidir… pero lo hacen. El traslado aparece con un eufemismo elegante.

“Reubicación preventiva.”

Preventiva para quién.

Marca un número que juró no volver a usar. Contesta una voz cansada.

—Soy Lucía —dice—. Necesito activar algo que nadie quiere ver activo.

Escucha. No interrumpe. Toma aire.

—No es intuición —añade—. Es patrón.

Cuelga.

Se queda mirando la pantalla apagada.

No sonríe. No duda. Solo acepta el peso de lo que acaba de hacer.
En el módulo, el amanecer no entra: se filtra. La luz cambia apenas. El conteo llega. Todo en orden. Demasiado en orden.

—Después —dice alguien detrás de mí—. Patio chico.
Asiento sin mirarlo.

Lucía se sirve agua que no toma. Abre una carpeta vieja. No la clínica. La personal. Recortes, notas, nombres que el sistema dejó caer cuando ya no servían.

—No esta vez —murmura.

Mira la hora. Falta poco.

De vuelta aquí, camino hacia el patio con el cuerpo tenso y la cabeza clara.

Entiendo algo con una lucidez incómoda: ya no se trata solo de aguantar. Se trata de elegir dónde pararse antes de que otros elijan por mí.

El sistema ya movió su pieza.
Lucía movió la suya.

Ahora el tablero está completo.

Y en la zona muerta, donde todo puede romperse sin testigos, decido algo simple y peligroso:

no voy a reaccionar.
Voy a provocar.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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