Dónde los culpables aprenden a amar

Movimiento

El movimiento ocurre a las seis con doce.

No a las seis. No a las seis y media. A las seis con doce, cuando el penal todavía bosteza y los custodios cambian turnos con la atención partida. Los sistemas no fallan: se acomodan.

No me avisan. No preguntan.
Solo abren la reja y dicen mi número, como si mi nombre fuera un lujo que ya no me corresponde.

El pasillo es distinto. No más largo: más angosto. La luz cae recta, sin sombras útiles. El aire tiene ese olor que no pertenece a nadie. Orden reciente. Decisiones tomadas lejos.

—Camina —dice uno.

Camino.

El traslado no es castigo. Tampoco privilegio. Es peor: es reordenamiento. Cuando el sistema mueve piezas sin ruido, es porque alguien pidió silencio.

La celda nueva es más chica. Más limpia. Sin marcas en las paredes. No hay nombres tallados. No hay cuentas. No hay insultos. Eso significa una sola cosa: aquí no se discute el pasado. Aquí se administra el futuro.
Cierran. El eco no rebota. Se traga.

Me siento. No pruebo la litera. Primero miro la pared frontal, la única sin grietas. El lugar está pensado para que uno se mire hacia adentro. Para que se canse de escucharse.

A kilómetros de ahí, Lucía despierta antes del amanecer sin sobresaltos. No por ansiedad. Por definición. La decisión llegó en la noche y ahora solo toca ejecutarla con cuidado.

No va al trabajo. No avisa. No explica.

Se viste con ropa neutra, esa que no pide interpretación, y toma una carpeta del fondo del clóset. No es un expediente completo. Es una astilla. Un recorte con bordes que todavía cortan.

Sale sin mirar atrás.

La cafetería está llena de ruido inútil. Tazas. Teclas. Risas breves. El hombre que espera no sonríe cuando la ve. Eso le gusta. Los que sonríen suelen prometer demasiado.

—No tengo mucho tiempo —dice él.

—Yo tampoco —responde ella.

Lucía no presenta. Coloca la carpeta sobre la mesa. No la empuja. No la ofrece. La deja caer con la naturalidad de quien sabe que la gravedad hace su parte.

—Esto no prueba nada —dice él, hojeando.

—No —admite—. Pero obliga a mirar dos veces. Y a veces eso basta.

El hombre levanta la vista. Entiende sin pedir glosa. Cuando cierra la carpeta, algo se movió. No hoy. No mañana. Pero pronto. Los engranes no giran con prisa cuando sienten peligro.

—Esto te expone —dice.

—Ya estaba expuesta —responde ella—. Solo no lo habían nombrado.

Se levantan. No se dan la mano. No hace falta. Los acuerdos reales no necesitan contacto.

En el penal, la noticia no corre. Se filtra.
Un interno deja de aparecer en el patio.
Otro cambia de lugar sin explicación.

Un tercero baja la voz cuando pasa frente a mi puerta.

El equilibrio se recompone alrededor mío, no conmigo. Eso es clave. Eso es amenaza.

Por la tarde, el custodio viejo se detiene frente a la reja. No se acerca demasiado. Mantiene la distancia de quien no quiere deber nada.

—No es sanción —dice—. Es contención.

—¿De quién? —pregunto.

No responde. Se va. La respuesta correcta nunca es directa.
Esa noche no hay golpes en la pared. No hay códigos. No hay pruebas.

Hay espera. Y la espera también es una forma de violencia.
Lucía regresa a su departamento con una sensación que no se parece a culpa. Tampoco a alivio. Es otra cosa: coherencia.

La calma incómoda de cuando las piezas por fin encajan, aunque el cuadro sea peligroso.
Se quita los zapatos. Deja la carpeta en la mesa. Mira el celular. No escribe. No hace falta. Lo importante ya no pasa por mensajes.

Se sirve un vaso de agua. Le tiemblan los dedos apenas. No por miedo. Por anticipación.

En mi celda, me recuesto sin dormir. Repaso cada rostro.

Cada silencio reciente. Cada ausencia. El tablero ahora es otro y alguien cree que me sacó del centro.

Sonrío apenas.
Moverme fue el error.

Creer que eso me aísla… el segundo.

A la mañana siguiente, durante el conteo, un interno nuevo ocupa la celda frente a la mía. No lo conozco. No me mira. Camina como quien sabe que no debe detenerse.
Deja caer una frase al pasar, como si hablara consigo mismo:

—Todo ajuste cobra.

No lo miro tampoco.

Ya no es necesario.

El día avanza con una normalidad tensa. Las rutinas siguen, pero los bordes se sienten afilados. Un plato que se queda vacío. Un asiento que ya no está disponible. La jerarquía invisible se recalcula sin anuncios.

En el módulo administrativo, alguien revisa un archivo dos veces. Luego una tercera. No encuentra lo que busca y eso es peor que encontrarlo. Cuando algo falta, alguien lo movió.
Lucía recibe una llamada corta. Sin saludo.

—Van a preguntar —dice la voz—. No hoy.

—¿Y luego? —pregunta ella.

—Luego van a escuchar.

Cuelgan.

Lucía se sienta. Por primera vez en días, deja que el cansancio se asiente. No se permite derrumbarse. Todavía no. Hay decisiones que requieren mantenerse de pie aunque el cuerpo pida tregua.

En la noche del penal, las luces bajan con un ritmo distinto. Más lento. Como si alguien quisiera que todos notaran el cambio. Escucho pasos que se detienen, regresan, prueban.

No golpean. No preguntan.
Eso también es un mensaje.

Cierro los ojos. No para dormir. Para calcular. Si cedo ahora, me muevo bajo reglas ajenas. Si no cedo nunca, no salgo vivo.

El equilibrio es frágil. Y alguien más lo sabe.

A varios kilómetros, Lucía mira su reflejo en la ventana. No se reconoce del todo. No es culpa. No es miedo. Es determinación sin nombre. La más peligrosa.

El sistema empieza a parpadear.

Afuera, alguien formula preguntas con cuidado.
Adentro, alguien afila intenciones.



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En el texto hay: darklove, dark romances

Editado: 03.02.2026

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