No me despiertan los gritos.
Me despierta la ausencia de ellos.
El penal tiene un pulso propio: pasos, metal, respiraciones ajenas. Cuando ese pulso se corta, alguien está moviendo fichas. Abro los ojos antes de que la luz termine de encenderse. No me levanto. Espero. Aquí, levantarse primero es regalar el cuello.
—Eh —dice una voz desde la reja—. Necesitamos hablar.
No es orden. Es invitación. Peor.
Me incorporo despacio. El custodio no es de mi módulo. Tampoco es nuevo. Eso significa que no viene solo. Detrás, en la sombra del pasillo, hay dos cuerpos que no se presentan.
No hace falta.
—Cinco minutos —agrega—. En la mesa del fondo.
Asiento. Camino. Cada paso mide el aire. La mesa del fondo siempre está limpia porque nadie se sienta ahí sin permiso. Hoy hay una mano apoyada. Firme. Uñas cortas. Un anillo sin brillo. El tipo no sonríe.
—Te estamos cuidando —dice—.
Aunque no lo parezca.
Me siento sin pedirlo. No cruzo los brazos. Tampoco los dejo caer. Neutralidad es postura.
—Eso no existe —respondo.
—Existe cuando conviene —corrige—. Y hoy conviene.
Pone algo sobre la mesa. No lo empuja hacia mí. No hace falta. Es un papel doblado en cuatro, con un nombre que reconozco y una fecha que no debería estar ahí. No lo toco.
—Ese no llega al viernes —continúa—. A menos que alguien con peso diga lo contrario.
—No tengo peso —digo.
—Tenés silencio —dice—. Y ahora tenés mirada.
La palabra pesa. Mirada es capital aquí.
—¿Qué quieren? —pregunto.
Se inclina apenas. No invade. Calcula.
—Un favor chico. Una conversación. Que se entienda quién manda sin romper nada.
—¿Y el?
—Respira.
—¿Y yo?
—Sigues respirando —contesta—. Por ahora.
No miro el papel. Pienso en la mesa, en la madera gastada, en cómo todo lo sólido acá termina astillado. Pienso en el mensaje que todavía vibra en algún lugar que no debería existir.
—No trabajo gratis —digo.
El tipo sonríe recién ahí. No es alegría. Es alivio.
—Nadie —responde—. Te debíamos una.
Se levanta. Los cuerpos de atrás se disuelven. El custodio vuelve a ser custodio. El pulso regresa. Me quedo sentado un segundo más. No por miedo. Por cálculo.
El favor no es la conversación. El favor es aceptar que ya estoy adentro.
La conversación ocurre después del conteo. En el borde del patio, donde las cámaras ven pero no escuchan. El pibe tiembla como si el frío fuera personal. No levanto la voz. No hace falta. Le digo lo justo. Le explico cómo funciona el tiempo cuando nadie te debe nada. Asiente. Llora sin ruido. Se va.
Nada se rompe. Todo cambia.
Esa noche, cuando regreso a la celda, siento la presión detrás del esternón que anuncia consecuencias. Me acuesto sin sacarme los zapatos. No duermo. Repaso cada palabra. Cada omisión. El favor ya está cobrado.
Golpean dos veces. Pausa. Una vez más.
Esta vez respondo.
A varios kilómetros, Lucía no cierra la puerta del departamento. La deja apenas entornada, como si el aire tuviera que circular para que la decisión no se pudra. El teléfono está sobre la mesa. No vibra. No suena. Eso es peor.
Abre el correo institucional por última vez esa noche. Hay un adjunto nuevo, sin saludo. Un registro de movimientos que no debería haber salido del sistema. Un nombre. Una hora. Un “incidente evitado”.
El cuerpo entiende antes que la cabeza.
Se sienta. Lee. Vuelve a leer. No hay interpretación posible: alguien activó a Bruno. No para dañarlo. Para usarlo. Y alguien quiso que ella lo supiera.
Apoya la frente en la mesa. No llora. Sonríe apenas, sin ganas. La precisión tiene este costo: cuando acertás, dejás huella.
Escribe un mensaje. No explica. No pregunta.
“Ya vi. No fue casual.”
Lo envía.
En la celda, el aire cambia de nuevo. No sé cómo, pero sé cuándo. El teléfono clandestino vibra una sola vez. Leo. Cierro los ojos.
No es alivio lo que siento. Es reconocimiento.
El favor ya nos ató por fuera del encuadre.
Y ahora, el próximo movimiento va a dolerle a alguien que no eligió jugar.
Me siento en la litera. Espero. Aquí, la paciencia no es virtud. Es arma.