Elian ya no lograba contener el fuego de aquel sentimiento que le consumía el pecho. Una tarde invernal, mientras una sutil garúa humedecía el asfalto y tornaba el paisaje en un susurro ceniciento, detuvo a Valeria a pocos pasos del sendero que los conducía a sus hogares. El frío calaba los huesos, pero las mejillas de Elian permanecían encendidas por el fervor y los nervios. Con las manos resguardadas en los bolsillos de su abrigo y la mirada fija en los ojos de ella, desnudó su alma. Le confesó que la amaba con cada fibra de su ser, que jamás había experimentado una entrega semejante y que ella se había convertido en el principio y el fin de todos sus pensamientos.
Valeria permaneció inmóvil, sintiendo la brisa gélida golpear su rostro. Su corazón experimentó un vuelco, mas no de júbilo, sino de una desconcertante turbación. Sentía por Elian un aprecio inconmensurable, un cariño tan nítido que creía puramente amistoso; sin embargo, la sola idea de que un rechazo lo empujara a abandonarla la llenaba de pavor. Deseando con vehemencia que ese lazo tan noble fuese el amor del que hablaban los poetas, esbozó una sonrisa complaciente, sepultó sus dudas en el fondo de su conciencia y aceptó entrelazar su destino con el de él.