La primera cita oficial como novios tuvo como testigo un viejo faro de piedra, erigido en el borde de un acantilado que miraba hacia la inmensidad del océano. Elian ornamentó el encuentro con una delicadeza conmovedora. Llevó consigo una manta gruesa para protegerla del viento marino y un termo con chocolate caliente. Pasaron las horas sentados sobre el césped, contemplando el batir de las olas contra las rocas y escuchando el lamento de las aves marinas que surcaban el firmamento.
Elian extrajo su gastada libreta y comenzó a trazar las líneas del perfil de Valeria, inmortalizando su silueta mientras ella contemplaba el horizonte lejano. Cuando el sol finalmente se ocultó, tiñendo las nubes de un matiz carmín y melancólico, Elian abandonó el carboncillo, tomó la mano de Valeria entre las suyas y le prometió una lealtad eterna, asegurándole que sin importar las tempestades que trajera el futuro, jamás la dejaría sola en la penumbra. Valeria buscó refugio en su hombro, anhelando contagiarse de su calidez, pero una leve sombra de inquietud anidó en su mente al percatarse de que su propio pecho albergaba una calma demasiado inerte.