Donde Los SueÑos Nuncan Terminan

Capítulo 6: Súplicas bajo la tarde gris

Valeria le expuso, con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse, que la continuidad de su noviazgo solo sembraría desicha. Le confesó que el sentimiento albergado en su pecho no correspondía al amor genuino que él merecía, y que resultaba injusto condenar un corazón tan noble a los vaivenes de sus propias dudas. Al escuchar el dictamen, Elian se despojó de todo vestigio de orgullo. Su mundo se desmoronó por completo en la inmensidad del parque. Cayó de rodillas sobre el suelo húmedo, aferrándose desesperadamente al abrigo de Valeria, mientras un llanto amargo y desgarrador brotaba de lo más profundo de su ser.

—Por favor, Valeria, te lo suplico por lo que más ames en esta vida, no te apartes de mí —rogaba entre sollozos, con la mirada empañada y la voz quebrada por el dolor—. No importa si tu amor no equipara al mío, yo poseo el fuego suficiente para amar por los dos. Te prometo cambiar, ser quien tú anheles, pero no me condenes a la absoluta oscuridad... no me dejes solo.

Valeria contempló desde su altura al joven que la había venerado y protegido a lo largo de trescientos sesenta y dos días, ahora reducido a un mar de lágrimas a sus pies. Cada una de sus súplicas se clavaba en su conciencia como un puñal de remordimiento. En ese milisegundo, la vacilación habitó en ella; una parte de su alma ansiaba arrodillarse a su lado, estrecharlo contra su pecho, pedir perdón por su incapacidad de amar y prometerle que jamás se marcharía. Abrió los labios, dio un paso hacia atrás sumida en la zozobra, dividida en dos mitades irreconciliables. Mas el temor a perpetuar una ilusión estéril la petrificó. Sin añadir una sola palabra, giró sobre sus pasos y huyó del lugar, abandonándolo a la soledad de su llanto.




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