Transcurrieron los días y, posteriormente, las semanas, y Elian no regresó a las aulas del instituto. En un principio, Valeria intentó edificar muros en su mente, convenciéndose de que la ausencia era un retiro necesario para que él cicatrizara las heridas de la ruptura en la distancia. Sin embargo, al irrumpir la tercera semana y observar que el pupitre del fondo continuaba deshabitado, la indiferencia que se esforzaba en proyectar se resquebrajó, instaurando en su pecho una angustia que le impedía respirar.
En la penumbra de su alcoba, el silencio nocturno se poblaba con el eco lastimero de las súplicas de Elian. El remordimiento comenzó a horadar su espíritu. Se descubrió repasando las fotografías almacenadas en su teléfono, los mensajes colmados de ternura, los trazos descoloridos del faro y la calidez de sus abrazos cuando el invierno arreciaba con fuerza. Fue en el centro de ese vacío absoluto donde Valeria experimentó una epifanía dolorosa: se había equivocado. Aquello que sentía por Elian sí era amor; un amor maduro, perenne y silente que se había mimetizado con los hábitos cotidianos. Desesperada por enmendar el daño y recuperar al ser que la había amado sin reservas, tomó la determinación de acudir a su hogar esa misma tarde para implorar su perdón.