Valeria abandonó el instituto y corrió por las aceras desiertas, desoyendo el cansancio, con el pulso desbocado golpeando con fuerza en sus sienes. En su mente hilvanaba las palabras de la reconciliación: le diría que finalmente comprendía la naturaleza de sus sentimientos, que lo amaba y que anhelaba reconstruir el porvenir a su lado. No obstante, al doblar la esquina de la calle donde residía Elian, el hálito de la vida se le congeló súbitamente en los pulmones.
La calle se hallaba sumida en una inusual agitación. Un grupo de vecinos murmuraba en voz baja, dirigiendo miradas cargadas de consternación hacia un punto fijo. Dos vehículos policiales destellaban con luces rojas y azules que se reflejaban de forma espectral en los ventanales, y una ambulancia permanecía estacionada con el motor en marcha y sus compuertas posteriores abiertas de par en par. Un presentimiento gélido recorrió la espina dorsal de Valeria. Abriéndose paso entre la multitud a base de súplicas y empujones, alcanzó la acera principal justo en el instante en que el umbral de la vivienda se abría.
Dos paramédicos emergieron a paso apresurado portando una camilla. Sobre ella, un cuerpo esbelto yacía cubierto casi por completo por una sábana inmaculada. Valeria se quedó petrificada; el bullicio del entorno se transformó en un zumbido carente de sentido. Al clavar la vista, reconoció las manos inertes y los mechones de cabello que enmarcaban el rostro exangüe de Elian. Lo depositaron en el interior del vehículo y las puertas se cerraron con un eco definitivo. Elian se había marchado para siempre. Las piernas de Valeria flaquearon ante el peso insoportable de la tragedia; se desplomó sobre el asfalto helado, cubriéndose el rostro mientras un llanto desgarrador brotaba de su garganta, ahogada en la certeza de que su desapego lo había empujado hacia el abismo final.