El sepelio transcurrió ante los ojos de Valeria como una procesión espectral de rostros compungidos, vestiduras luctuosas y susurros de conmiseración que su mente herida apenas lograba procesar. Se mantuvo al margen, como una intrusa maldita, refugiada en los límites del camposanto detrás de unas gafas oscuras, sintiéndose el ser más abyecto de la creación: la mano invisible que había apagado aquella joven existencia de forma tan prematura. La madre de Elian se desgarraba el alma en llanto, estrechando contra su pecho un retrato de su hijo, y Valeria careció del valor necesario para aproximarse; sentía que sus manos estaban manchadas con la sangre de su tristeza.
Cuando los ritos de la sepultura concluyeron, el féretro descendió a las entrañas frías de la tierra y los asistentes comenzaron a dispersarse lentamente, devolviendo la paz sepulcral al recinto. Valeria no se movió un solo ápice. Permaneció erguida ante la tumba colmada de coronas fúnebres y tierra reciente, bajo un firmamento plomizo que parecía desplomarse sobre su propio calvario. Lloró en un mutismo absoluto y doloroso, permitiendo que las lágrimas surcaran sus mejillas mientras las sombras de la noche envolvían el cementerio en una soledad eterna. Se quedó sola, de rodillas sobre el fango, atrapada en un mundo desprovisto de la única luz que pudo haber salvado su propia alma.