Donde Los SueÑos Nuncan Terminan

Capítulo 10: El prado de la bruma

Una semana después de aquella fatídica noche en el camposanto, el dolor perenne concedió una tregua inexplicable. Valeria logró conciliar el sueño tras haber agotado sus últimas fuerzas en un llanto estéril, y de improviso, despertó en una dimensión enteramente distinta. No existían las estructuras de la ciudad, ni el recuerdo del instituto, ni las opresivas paredes de su habitación. Se hallaba en el corazón de un prado infinito, alfombrado de una hierba suave y coronado por un cielo de un azul celestial tan nítido que desafiaba la crueldad de la realidad.

Caminando entre la neblina que flotaba sobre el suelo, con andares ingrávidos y despojado de cualquier vestigio de la agonía que le quitó la vida, emergió Elian. Se contemplaba radiante, poseedor de una belleza sublime y mística que evocaba sus días más venturosos. Valeria, al constatar su presencia, sintió que el alma le era restituida en un golpe doloroso; corrió hacia él anegada en lágrimas dentro de la ficción del sueño, dispuesta a implorar clemencia y a confesar su amor tardío, pero Elian la contuvo con infinita dulzura, posando una mano cálida sobre su mejilla húmeda. Con su melodiosa y pausada voz, le susurró al oído: "Te amo, Valeria. No viertas más lágrimas por mí, te lo ruego. Yo te aguardaré en este lugar... el cielo celestial es hermoso, no imaginas cuánta paz alberga". Valeria despertó sobresaltada, con el pecho agitado y el rostro bañado en llanto, cobijando una extraña serenidad que no era más que el preludio de su propia rendición.




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