A partir de aquella noche, el discurrir de los días para Valeria mudó en una condena voluntaria. Los encuentros oníricos se convirtieron en un ritual inquebrantable, en su única droga contra la realidad. Cada vez que clausuraba sus párpados al entregarse al descanso, retornaba de inmediato al prado infinito para reunirse con Elian. En esas citas místicas y dolientes, deambulaban tomados de la mano, rememoraban las promesas junto al faro y él le reiteraba incansablemente su promesa de esperarla el tiempo que fuese menester, asegurándole que el más allá era un remanso de paz inalterable donde el dolor de la tierra no existía.
La realidad, por el contrario, se transformó en un páramo gris, hostil y estéril. A Valeria dejó de importarle cualquier hálito de vida que tuviese lugar bajo el sol de los vivos. Se sumió en una postración profunda y devastadora, clausuró sus lazos sociales, abandonó sus proyectos y transitaba por las horas diurnas como una sombra errante, un cadáver que aún respiraba. Desatendió su sustento y su salud con una indiferencia alarmante; su cuerpo permanecía anclado al mundo material por mero automatismo, pero su mente y su corazón habitaban exclusivamente en la penumbra de la noche. Vivía con el único y desesperado propósito de pernoctar, cobrando auténtica vida solo cuando su cerebro la transportaba al lado de su amor perdido. De este modo transcurrieron tres largos, agónicos y dolorosos años de lento suicidio espiritual.