En la última noche del tercer año de su reclusión voluntaria, la fisonomía del limbo onírico experimentó una metamorfosis sobrecogedora. El prado desterró la bruma cenicienta para resplandecer con destellos áureos de una intensidad casi dolorosa, y los matices celestes del firmamento se tornaron tan vívidos que desprendían un calor místico. Elian la aguardaba en el sitio de siempre, mas su sonrisa adolecía de una nueva y terrible expresión; reflejaba una melancolía dulce, profunda y terminal, una mirada que vaticinaba una despedida ineludible en el mundo de los vivos.
Valeria buscó cobijo en su pecho con una desesperación salvaje, percibiendo la calidez de su anatomía como si se tratara de un ser de carne y hueso. En esta ocasión, Elian no articuló palabra alguna. Tomó con delicadeza el rostro de la joven entre sus manos, clavando su mirada en la de ella como si pretendiera esculpir su esencia en las paredes de la eternidad antes del silencio. Con una ternura infinita, se inclinó y unió sus labios a los de ella. Fue un beso prolongado, solemne y desgarrador, que pareció condensar el año de noviazgo, las risas sepultadas, el llanto amargo del parque y la paz del firmamento. Al distanciarse paulatinamente, Elian le deparó una postrera mirada de amor puro y absoluto antes de que el escenario entero se diluyera violentamente en una deslumbrante luz blanca.