Valeria despertó de improviso en su lecho, con el contacto y la calidez de los labios de Elian suspendidos en su memoria como una marca de fuego. Rozó sus propios labios con los dedos, conmovida hasta el dolor, pero las noches subsiguientes se trocaron en un calvario absoluto, sordo y definitivo. Por más que forzaba el descanso, permaneciendo horas en la más estricta y sofocante oscuridad, y buscando cualquier método destructivo para inducir el sueño, el prado no volvió a manifestarse. Sus noches eran ahora mudas, completamente sombrías, vacías y malditas. Elian no regresó.
Al sucederse las semanas y asimilar la cruel certidumbre de que el joven había cerrado los portales de su mente, una desesperación insoportable y terminal la sepultó bajo su peso. Valeria comprendió, con una lucidez pavorosa y destructiva, que le resultaba impracticable continuar habitando un mundo donde ni la sombra de su amado la acompañaba. Su existencia se había quedado desprovista de cimientos, convertida en un cascarón vacío. Con una parsimonia sobrecogedora que rayaba en la locura, Valeria adoptó la irrevocable determinación de acudir a su encuentro definitivo. Llegado el día que ella misma designó con escalofriante calma, se recostó en su cama, dispuso sus manos sobre el pecho, clausuró sus ojos por última vez y permitió que su último hálito de vida se desvaneciera en el frío mundo de los vivos.