Mientras su envoltura terrenal se tornaba fría e inerte en la sobriedad de la alcoba, la conciencia de Valeria se encendió de improviso en un estallido de fulgor eterno que erradicó cualquier rastro de la vieja oscuridad terrestre. Abrió los ojos y se descubrió en un espacio infinito, un universo vasto, majestuoso y sagrado, teñido de los dorados y celestes más puros que jamás hubiesen existido, mil veces más resplandeciente que el prado de sus antiguos letargos. Justo frente a ella, aguardándola con los brazos extendidos y una sonrisa que desbordaba una bienaventuranza radiante, se encontraba Elian.
Él caminó hacia ella, propiciando el encuentro definitivo que la muerte había postergado. Sin mediar palabra alguna, extendió su mano y estrechó la de Valeria, entrelazando sus dedos con la misma firmeza y perfección de sus antiguas citas en la tierra, desprovistos ya de toda fragilidad humana. Mas en esta ocasión, Valeria no experimentó vacilación alguna, ni temor, ni la sombra de la vieja culpa. Solo una paz absoluta e infinita inundó las profundidades de su ser.
—Ahora sí, Valeria —le dijo Elian, con una voz celestial que resonó como una melodía perfecta en toda la inmensidad del cosmos—. Ahora sí podremos permanecer juntos por la eternidad.
Valeria sonrió, sintiendo cómo los tres años de postración agónica, la culpa lacerante de la camilla y el dolor de la separación se evaporaban de su alma instantáneamente, sanando las heridas del pasado. Mientras ambos comenzaban a ascender de la mano, flotando al unísono hacia lo más alto del firmamento celeste, se contemplaron con adoración divina y se fundieron en un beso. Un beso eterno, un beso sagrado que no dictaba el ocaso de nada, sino el preludio glorioso de una historia de amor imperecedera, en aquel santuario místico donde los sueños nunca terminan...