Dónde muere el paraíso, nace la muerte

Capítulo 1: El brote entre las piedras

Hay un vacío que late bajo la lluvia constante, una forma de vida que el espejo no ve; un alma sin peso, un latido distante, que camina en la tierra sin saber por qué. Es el arte de estar sin nunca existir, un cuerpo de mármol que aprende a sentir, y el miedo de hallarse... para luego perderse.

Luego de la semana de creación, exactamente 9 meses después, Adán y Eva se empezaron a aburrir por lo que cuando tuvieron la oportunidad de pedirle algo a Dios, le pidieron que cree alguien más como ellos dos, por lo que Dios, dos días después, bajó del cielo, y envuelto entre sus brazos yacía un bebe. Una niña. La primera niña creada.

Cuando la bebe abrió suavemente sus ojos, vio a Adán y Eva viéndola con curiosidad y fascinación. Era igual a ellos, pero, más pequeña, más frágil, indefensa, pero era especial. Al principio, la dejaron en un lugar alejado, la trataban como un bicho raro, como si fuese de una especie diferente. Luego de ver que la pequeña no les iba a hacer daño, se encariñaron con ella demasiado, tanto que no la soltaban en ningún momento. Se peleaban por la atención de la niña.

Pero luego de unos años, cuando la niña ya tenía 4 años, Adán y Eva los cuales teóricamente serían los padres de la niña, se aburrieron de ella, le dejaron de dar atención. Al principio fue de a poco, con pequeños gestos. Cuando la niña les hablaba, ellos no contestaban, cuando se caía, no iban a ver cómo estaba, la dejaban ahí tirada, a que se levantara sola.

Apenas la miraban. Ya no la reconocían como algo de ellos.

No les interesaba que le pasara a la niña, simplemente no le prestaban atención.

Ella empezó a pasar su tiempo sentada bajo el árbol del conocimiento del bien y del mal.

Se encontraba rodeado de árboles y arbustos. Era una zona oculta. Una zona segura que ni Adán ni Eva sabían de su existencia.

Era una zona rodeada de árboles los cuales sus ramas se encontraban en el centro de un pequeño jardín, era como un jardín dentro del jardín. Donde en el centro se encuentra el árbol del conocimiento del bien y del mal. Era una atmósfera diferente. Emanaba tranquilidad y serenidad. Con la cantidad justa de luz que pasa entre las hojas de los árboles. El ruido de las hojas moviéndose de un lado a otro por el soplido del viento. El suave canto de los pájaros le daba una atmósfera más viva y alegre.

Hasta que un día, de pronto, entre el verde intenso de las hojas, ella notó un movimiento: una serpiente yacía ahí entre las ramas mirando a la niña con curiosidad y empatía. La niña miraba a la serpiente. Sin rastro de temor, la chica mantenía una distancia prudente mientras estudiaba los movimientos de la serpiente con una curiosidad silenciosa y profunda. Sus ojos seguían el rastro del reptil con un sosiego reflexivo, cautivada por la naturaleza del animal; su mirada era un verdadero remanso de paz, pero en sus pupilas brillaba con fuerza un destello de fascinación. Lo observaba con una tranquilidad cargada de asombro y una serenidad expectante, como si a través de esa contemplación buscará descifrar el secreto de su identidad.

—¿Qué…eres…?.— Ella le pregunta a la serpiente. Logra formular una corta oración. Hace mucho que no hablaba. Hablar no es algo muy familiar para ella.Sin bajar la guardia da un pequeño paso al frente para acercarse de a poco al animal. Sin saber si responderá o no.

Desde una de las ramas del árbol, la serpiente se estira hacia el tronco, se enrosca en el, su cabeza se estira hacia la pequeña niña emitiendo un suave y largo siseo.—Puedes llamarme Samael, o El Diablo, o Belcebú, también puedes llamarme Belial, o Lucifer, o Satanás. Tengo muchos nombres. Puedes llamarme como quieras.—Su voz es severa, un poco ronca pero suave.

—Te pregunte que eres, no como te llamas.

—Ahora. Soy una serpiente. Normalmente soy alguien como tú.

—¿Como yo?

—Si, como tu. Un humano. Bueno, en su forma humana.

—Humano…—La chica repite en un susurro. Saboreando la palabra. Probando como suena. Tratando de descifrar su significado.

La serpiente se detiene a pensar por un momento. La niña es pequeña pero es muy madura. No siente tentación ni una pizca de curiosidad por el fruto prohibido. Simplemente no le interesa.—¿No sientes curiosidad por cómo sabe el fruto que Dios les prohibió?—Le consulta sin doble intención, sin intentar que pruebe de aquel fruto. Intenta ocultar su curiosidad por la pequeña.

—No.—Ella de a poco baja la guardia. Se cruza de brazos.—No es algo que me genera curiosidad. Lo que sí me genera curiosidad es usted.

—¿Yo?—Le pregunta la serpiente mientras se pasea por las ramas del árbol sin dejar de prestar atención a lo que dice la niña.

—Si .Tu .Nunca te vi aquí.

—Se ocultarme. Soy muy sigiloso.—Presume orgulloso de sus atributos.

—Lo que si me da curiosidad del fruto prohibido es, eso ¿Por qué está prohibido?—Llena de curiosidad le pregunta intentando averiguar el porqué de la dichosa prohibición.

—Creo que tu ya lo sabes. Pero solo quieres confirmar si está bien lo que piensas.—Insinúa.

Aunque los que están en el Edén son famosos por su inocencia y su poco conocimiento. Dios creó a la niña. La hizo con una inocencia inteligente. Que le permita cuidarse de la peligrosa inocencia de Adán y Eva. También la hizo para que pueda pensar y razonar de manera distinta a la de ellos.

—Respondeme.

—Bueno. Bueno. No te apresures. Básicamente, está prohibido para que el ser humano tenga la oportunidad de elegir voluntariamente amar y confiar en Dios. O algo así.

—¿Y tú vendrías a ser…?

—¿Yo vendría a ser…?—Espera expectante a la respuesta de la niña.

—Te estoy preguntando.

—Ah bueno. Yo era él Portador de Luz, la joya más brillante de toda la creación. Mi belleza y sabiduría no tenían rival, pero me negué a arrodillarme y servir. ¿Por qué debería conformarme con ser una sombra cuando podía ser igual al Altísimo? Mi orgullo fue mi motor, no mi error. Fui expulsado tras una guerra en los cielos, despojado de mi hogar y arrojado al inframundo. Al infierno. A donde mis 13 discípulos, los ángeles que me apoyaron en la rebelión, me siguieron.—La serpiente dejó de moverse. Sus escamas parecieron oscurecerse por un instante, perdiendo el brillo del sol que se colaba entre las hojas. Erguió la parte superior de su cuerpo, ganando una altura imponente frente a la pequeña, mientras sus ojos verticales se fijaban en ella con una mezcla de nostalgia y fuego antiguo. El siseo de su voz se volvió más denso, casi como un eco que vibraba en el aire del jardín secreto. A pesar de su forma animal, su presencia emanaba una dignidad rota, la de un rey que prefiere gobernar en las sombras que servir en la luz.



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En el texto hay: misterio, romance, ficcion

Editado: 16.03.2026

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