Dónde muere el paraíso, nace la muerte

Capítulo 2: La firma del primogénito

El tiempo: El tiempo es un verdadero enigma en el inframundo. Mientras que en la Tierra pasan 10 años, en el inframundo con suerte habrán pasado 2 meses, o 4 años, o 1 semana. Podes entrar al infierno con 25 años, y luego de tu muerte pasa 1 año, si por alguna razón llegas a revivir, puedes hacerlo con 25 años, 60 o 10 años. El tiempo es muy relativo, no sigue ningún patrón. Pero tampoco es que el día y la noche se diferencien. El inframundo conserva la forma humana en la que un cuerpo muere. No es que cuando mueres sigues cumpliendo años. Cuando mueres, mueres. Tu cuerpo. O más bien dicho, tu alma toma la forma de tu cuerpo en el instante en que moriste y de ahí en más, convivirás por el resto de la eternidad con lo que eras antes de morir. Si todavía no llegaste a morir, y de alguna manera tu cuerpo llega al inframundo seguirá creciendo hasta que tu cuerpo llegue a su mejor versión, y si en algún momento llegas a escapar del infierno, tu cuerpo podrá seguir creciendo y desarrollándose. Es como si el inframundo fuese controlado por un ente superior que sabe todo sobre todos, su futuro y su pasado, y que puede controlar el crecimiento de un cuerpo (aunque no exista ese “ente” es la explicación más coherente).

En su oficina, Samael tenía un panel en el que podía ver las cosas que pasaban en la Tierra. Aunque Samael tuviese en su posición el Códice (un libro en el que en sus páginas está escrito la historia de la humanidad, donde está escrito todos los sucesos que marcan la historia y los que no también), solo lee las páginas que dictan el ahora de la Tierra.

Después de un tiempo, aproximadamente 96 años en la Tierra. Cloe con 6 ya estaba lo suficientemente preparada como para llevar a cabo su primera sentencia. La pequeña, ya un poco más grande, visita la oficina de Samael.

—Me dijeron que me necesitabas Padre ¿Qué sucede?

—Tu, tan amargada como siempre.—Suelta un largo suspiro.—Ven, acércate.—Cloe se acerca. Ya sin la misma cautela que conservaba cuando se conocieron. Sino con confianza y seguridad de que allí no la lastimaran.—Ya llegó la hora. Hoy será tu primera sentencia. Considero que ya estás lo suficientemente entrenada y educada como para que todo salga bien. Confío en ti.

Cloe lo mira con cautela, estudiando cada una de sus palabras. Lleva esperando mucho para llevar a cabo su primera sentencia. Su corazón late rápido de la emoción.

—Sabes lo que hacer, sabes cómo hacerlo, sabes que usar. Recuerda siempre usar la capa de invisibilidad, solo puedes permitirte no usarla cuando estés con él sentenciado ¿Como has estado con tus clases de escritura con Kharzuel?—Realmente se preocupa por ella, y cualquier mal trato que reciba de cualquier Demonio Mayor se lo toma muy personal.

—Fue muy bien. Creo que al final le termine enseñando yo. Aprendí muy rápido a leer y escribir. Lo que se me complicó un poco fue escribir, él escribe con la mano derecha, y a mi se me complica con esa mano, por suerte me supo ayudar muy bien a escribir con la mano izquierda. Fue muy lindo de su parte que se haya ofrecido a enseñarme a escribir.
—Si. Cuando él quiere puede ser bueno.—Su sonrisa es amplia y cálida. Feliz porque la niña haya aprendido rápido. Aunque recuerda vívidamente como amenazaba a Kharzuel para que le enseñe y sea bueno con ella. Por la personalidad de la niña, fría y directa pero con un carisma y una sonrisa que ilumina hasta la habitación más oscura, le hizo que se encariñe rápido con ella.—Ahora. Ve a prepararte que se te hace tarde. Te espero en el lago.

—Bien. Nos vemos Padre.—Cloe se dirige a su habitación para prepararse. Agarra la capa de invisibilidad, es negra con su interior rojo hasta que alguien se pone la capucha y hace que desaparezca de la vista de los demás. Se pone la capa pero no la capucha. La pluma que sentencia, es negra y tiene unos detalles en rojo y dorado qué la hacen única. Y el papel donde se escribe la sentencia, es simple, es como un anotador con un anillado en la parte superior de las hojas que las une, y sus hojas tienen un tono amarillento.

Cuando se dirige al lago, se encuentra con Samael viendo él fondo del lago.—Estoy lista Padre.

—¿Recuerdas lo que te expliqué sobre ir a la Tierra?—Samael voltea a ver a Cloe. Un golpe de nostalgia golpea cada parte de su cuerpo. La primera vez que la llevó a ese lago le dejó un hermoso recuerdo dentro de él. Ver su rostro lleno de felicidad y fascinación le tocó una parte dentro de él que no sabía que tenía.

—Si

—Que bueno. Porque tendrás que aprender a usarla.—Se refiere a la llave infernal, una llave que si se pone en cualquier cerradura de puerta y pasar por ella te conecta con la habitación o el lugar que pienses, conlleva mucha práctica y concentración que al usarla te lleve al lugar que estabas pensando.—Por esta vez abriré la puerta por ti, estaré observando todo lo que hagas. Cuando termines abriré la puerta de vuelta para que puedas volver.

—Bien. Gracias Padre.

—Cuento contigo Cloe. Desde hoy en adelante serás la Muerte.—Se acerca al árbol más cercano, que ya tenía una cerradura incrustada. Pone la llave dentro del orificio, da una, dos vueltas a la derecha, y de un momento a otro, del árbol la silueta de un rectángulo un poco más alto que Samael se ve iluminada por una luz naranja. Cloe se sorprende, sus ojos se iluminan y se abren de par en par, le habían explicado como funcionaba pero nunca lo había visto con sus propios ojos. En el tronco del árbol se forma una puerta, la cual Samael abre, y con un destello en los ojos de orgullo y felicidad, pero a la vez, con un poco de preocupación y miedo por él bienestar de la niña.

Cloe dio el primer paso hacia la luz naranja. Al cruzar el umbral del árbol, el aire pesado y metálico del Inframundo fue reemplazado por el olor a tierra mojada y pasto fresco. Sus pies, acostumbrados a la piedra negra, se hundieron en la suavidad del suelo de la Tierra.

La puerta se abrió en el árbol donde encontró a Samael antes de ir al inframundo. La nostalgia la golpea como un cachetazo. Sus ojos observan el paisaje: los colores claros, el sonar del viento contra las hojas de los árboles, él suave canto de las aves. Se acerca al pequeño campamento de Adán y Eva y sus hijos. No hicieron mucho, lograron construir unas pequeñas cabañas, una fogata, cultivos y unos pocos corrales para los animales. Se puso la capucha de inmediato. Su cuerpo desapareció, convirtiéndola en un susurro en el viento. A lo lejos, vio a dos figuras: una trabajaba la tierra con rabia, la otra cuidaba un rebaño con una paz fingida. Eran sus hermanos, pero para ella, solo eran los nombres que debía cerrar en su libreta.
Caín, él que estaba trabajando la tierra, estaba muy enojado. Dios no aceptó su ofrenda, a diferencia de su hermano Abel, que sí aceptó su ofrenda. Cuando él hermano enfurecido termina de hacer sus tareas, se dirige a su pequeña cabaña a tomar una siesta. Abel, dirige a los animales a sus corrales, les deja algo de comida y agua, al finalizar sus tareas. Se va a dar un paseo por las colinas, Cloe lo sigue de cerca. El chico se sienta en una colina, sus manos tocan el suave pasto verde, sus ojos solo miran el horizonte y su atardecer, sus colores: azul, amarillo, rosa y naranja, sus tonalidades claras y armonicas lograban capturar toda su atención.



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En el texto hay: misterio, romance, ficcion

Editado: 05.04.2026

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