Desde que Cloe descubrió que Astrid no debería existir, su curiosidad por la mujer creció aún más, ya no solo la vuelve vulnerable, que es prácticamente imposible, teniendo en cuenta que no se conocen en nada. Sino que ella debería estar en el Códice, puede ser que se la haya tenido que sentenciar y se le haya escapado, pero eso no explica que el Códice no sepa nada sobre ella. Ya no solo se trataba de esa vulnerabilidad inexplicable que sentía al verla. Se trataba de algo peor: el vacío. Astrid debería estar en el Códice.
Ni siquiera buscando el nombre de su madre la encontró. No hay nada escrito sobre un hombre misterioso en una fiesta benéfica que la haya embarazado, en el libro no dice nada de ninguna hija, de ningún embarazo, la vida de Marta continuó igual después de la fiesta sin hijos ni embarazos fuera del matrimonio.
Después de haber descubierto lo de Astrid, Cloe se empezó a preguntar ¿Ella sabe algo de lo divino? ¿Y si sabe que no debe existir? Desde entonces, ella comenzó a observar a Astrid, al final de cada turno, Cloe estaba ahí, en su auto, observándola, esperando obtener alguna respuesta tan solo viéndola desde lejos, como si tratase de leer entre líneas, como si hubiera algo escrito.
La podría seguir hasta su casa, pero ella no quiere invadir su privacidad, bueno, más todavía. Observó a todos con los que se hablaba, los investigó, a su jefe, sus compañeros y amigos de trabajo, en ninguno de los perfiles encontró algún registro de Astrid.
El ambiente en el vehículo es relajante, no hay ruido, los vidrios polarizados del auto hacen que el clima allí adentro sea fresco y cargado de misterio.
Mientras la observa no encuentra nada que un mortal no haga o tenga, su sombra la sigue a todos lados, el brillo de sus ojos no se apaga, habla y se comporta como si su alma estuviera intacta, y lo está, ella tiene un lente especial que le permite ver cosas que no se ven a simple vista. En fin, el punto es que, ella es perfecta, bueno, mortalmente hablando, no tiene nada que un humano no.
Era un día lluvioso, Cloe estaba como de rutina, observando a Astrid. Cloe expectante esperaba algo inusual, como siempre. Su espalda algo contracturada por la posición tan incómoda que tenía.
Astrid sale de la estación de policía, está lloviendo bastante fuerte, por lo que se queda bajo techo a esperar a que la lluvia cese. Las luces de la calle de reflejan en el asfalto, está empezando a oscurecer, todos sus compañeros ya se habían ido. su teléfono empieza a vibrar, lo saca de su bolsillo, al encenderlo, en la parte superior dice “Mamá”, ella suspira y luego atiende, poniendo el celular en su oreja.
—Hola Ma.—Astrid saluda a su Mamá, su voz es ronca y áspera.
—Titi, hija, estoy preocupada por ti, está lloviendo a cántaros.—Marta le dice Titi a Astrid, aunque a ella no le gusta para nada.—¿Quieres que pase a buscarte?
Astrid resopla con un tono de fastidio.—No Ma, no hace falta. Esperaré a que la lluvia se calme.
—Está bien. Te esperaré. No te tardes.
Cuelga la llamada y guarda el celular en su bolsillo. Astrid mira hacia arriba, no parece que vaya a parar de llover pronto. Sus hombros pesan, todo el día sentada en esa silla le está haciendo mal la espalda.
Cloe ve como ella espera a que la lluvia pare, se le va a terminar haciendo muy tarde y mañana tiene que empezar de vuelta desde temprano. Ella se compadece por la mujer, agarra el paraguas que siempre guarda en la guantera. Sale del auto sin que Astrid se dé cuenta, hace parecer como si estuviera pasando de casualidad por ahí. Lentamente sube las escaleras que conectan con la entrada de la estación de policía, parece que no se dio cuenta. Astrid siente que alguien se le acerca, rápidamente se da la vuelta con la guardia en alto, hasta que ve que es Cloe y se relaja.
—Que susto que me diste.—Dice mientras se pone una mano en el pecho tratando de calmarse.—¿Qué haces aquí?
—Pasaba por aquí y te vi, pensé que no te ibas por la lluvia ¿Quieres que te preste mi paraguas?—Cloe le ofrece el paraguas. No se preocupa por enfermarse, sus defensas están muy altas como para que se esté enfermando.
—Si me das tu paraguas, entonces tú te mojarás.
—No hay problema. Puedo caminar bajo techo.
Astrid observa cuidadosamente a Cloe y analiza cada una de sus palabras ¿Y si le está haciendo una broma? ella no quiere quedar como una idiota por lo que no responde.
—Además, está oscureciendo, es peligroso, mejor te acompaño.—Suena muy raro. Que alguien que viste apenas un par de veces te sugiera acompañarte hasta tu casa es demasiado raro, cualquiera con un poco de sentido común lo rechazaría de inmediato.
Pero Astrid no respondió. Las palabras tardaron en salir de su boca. Había algo en Cloe que la tranquilizaba.
La sonrisa de Cloe es cálida y tierna.—¿Qué dices?—Inclina la cabeza ligeramente a la derecha.
—Ah…Si. Está bien…—Astrid esboza una ligera sonrisa.
Ambas empiezan a caminar bajo el mismo paraguas. El camino es silencioso hasta que Astrid rompe el silencio.—No es por nada, pero tu auto no es algo que pase desapercibido. No todos los días se ve un Koenigsegg Agera R negro con detalles violeta por la calle ¿Sabes?—Intenta no reírse. Le parece muy inocente el comportamiento de Cloe.
—Amm. Es que yo…— Tartamudea. No sabe qué responder.
—No hace falta que respondas.—Suelta una risita dulce.
El silencio vuelve, pero esta vez no se siente tan pesado. Caminaron unas cuadras más, el camino se siente eterno. Cloe decide romper el hielo con una pregunta.—¿Y…Qué tal con tu trabajo?¿Tú jefe no te había castigado?
—¿Cómo sabes sobre mi castigo?
—No es por presumir, pero tengo una gran audición.—Cloe alardea. No mintió al decir eso, su audición es igual a la de un gato.
Astrid suelta una carcajada, su comportamiento se parece a la de un niño intentando impresionar a sus padres.—Mi jefe me levantó el castigo. Mañana puedo volver al trabajo de campo.—Su voz suena tranquila, con felicidad moderada, sus ojos brillan de contento.