Simplemente no entendía ¿Qué le estaba pasando?¿Por qué se enojó tanto por lo que dijo Demian? Ella quería a Astrid, sí, pero ¿era así como él lo decía? ¿Era ese tipo de amor humano, frágil y a la vez devastador, el que estaba empezando a filtrarse por las grietas de su armadura inmortal?
Se detuvo en medio del pasillo celeste del reino de Malgarhet, ignorando las miradas curiosas de las almas condenadas que deambulaban por allí como neblina sin rumbo. El silencio del lugar, interrumpido por el murmullo de quienes deambulaban por el Reino reconociendo a la joven Princesa ya más grande de la última vez que estuvo por allí. Le permitía escuchar con demasiada claridad los latidos de su propio pecho, unos que no deberían sonar tan agitados. El peso de la llave en su bolsillo parecía haberse triplicado en cuestión de segundos. No era solo metal frío y oxidado; era la prueba física que salvaría a Oliver del encierro y hundiría a un monstruo en su propio fango, pero también era el puente que la obligaba a salir de su zona de confort. La obligaba a mirar a la detective a los ojos y admitir que Demian, ese chico atrapado en un yate de tortura eterna, tenía razón.
Cloe apretó los dientes, sintiendo una punzada de envidia hacia la sencillez de los mortales. Ellos vivían, amaban y morían en un parpadeo, sin tener que cargar con milenios de cicatrices. Ella, en cambio, era La Muerte; se suponía que debía estar por encima de las pasiones, de los nervios y de ese miedo absurdo al rechazo. Sin embargo, allí estaba, temblando por dentro porque un alma joven le había recordado que su corazón, aunque antiguo, todavía era capaz de romperse. Que a pesar de ser La Muerte sigue siendo una mortal. La idea de que su atracción por Astrid fuera algo más que una simple curiosidad la aterraba más que cualquier juicio de Samael. Si Demian tenía razón, entonces Cloe ya no era solo una observadora del destino: ahora era una participante, y en ese juego, ella sabía mejor que nadie, que nadie sale ileso.
Cloe llega al viejo garaje cerca de las vías de Demian y Oliver, usa la llave para abrir el candado. Al entrar observa con cuidado el garaje, como ambos le dijeron; es viejo. Hay moho por el techo y las paredes. Hay un escritorio con algunas estanterías rotas. Un sillón sucio. Por las esquinas hay muchas telarañas. Ella hace un gesto de disgusto y desagrado, está acostumbrada a estar en lugares por lo menos limpios. El olor tampoco ayuda, para la fortuna de Cloe, tiene la nariz tapada, se resfrió.
Primero empieza buscando la cámara. Busca en los cajones del escritorio y allí estaba, junto a las dos invitaciones que dijo, eran simples, con el sello de la familia de los Kotch en el centro. Guarda las invitaciones en el bolsillo del pantalón. Luego agarra la cámara y sin pensarlo mucho se la lleva con ella.
El lugar era feo pero real, con sentimientos reales y sin tapaderas, donde Oliver y Demian podían ser ellos mismos sin tener miedo a ser juzgados por quienes no querían entender lo que ellos sentían.
Cierra la puerta del garaje con llave. Observa la llave en su mano, como si estuviera tratando de descifrar algo, luego, como si estuviera oprimiendo un sentimiento dentro de ella, aprieta la llave y la hace polvo, dejando que el viento se lo lleve como si eso borrara todas las preguntas que no paran de dar vueltas en su cabeza.
El frío del metal de la cámara le recuerda que la verdad suele ser tan fría como la muerte.
Al llegar a su departamento, tira las invitaciones a la mesa, agarra la cámara y empieza a ver los videos, donde claramente muestra como Leonardo Kotch mata a su hijo, se ve y se escucha todo. Rápidamente se levanta del sillón, con la cámara en mano, agarra las entradas y sale del departamento. En su auto, mientras maneja a la estación de policías, no para de pensar en lo que Astrid puede llegar a decir ¿Le gustará?¿Se pondrá feliz?¿Y si no le gusta?¿Y si se enoja?¿Y si la denuncia?¿Y si no le vuelve a hablar más? sobrepiensa todo el camino hacia el trabajo de la Detective. Estaciona el auto en la entrada y sale corriendo a ver a Astrid.—¡La cámara!—Vuelve a buscar la cámara que estaba en el auto.—Casi me la olvido…— Observa la cámara como si fuera lo más preciado del mundo.
Se quedó frente a la puerta de vidrio de la estación de policía, viendo su reflejo borroso. Se acomodó el cabello con una mano temblorosa y respiró hondo, tratando de que el aire frío calmara el ardor de sus pulmones. No sabía si estaba lista para ver la cara de Astrid cuando viera la verdad, o peor aún, cuando viera que Cloe había hecho todo eso por ella. Empujó la puerta, y el sonido de las computadoras y el olor a café rancio la golpearon de nuevo, pero esta vez, el mundo humano ya no le parecía ajeno.
Deprisa busca a Astrid, pero en su lugar encuentra a Lorenzo.
—¿Qué haces aquí?¿No era que solo ibas a ayudar en el caso de los Kotch?
—Sí, pero encontré evidencia que dice que Oliver Marshal es inocente.
La cara de Lorenzo es de sorpresa «¿Cómo esa niña estúpida pudo encontrar evidencia que ni la policía pudo encontrar? Bueno, tal vez encontró algo que nada que ver con el caso y solo lo hace para molestar» Piensa Lorenzo.
El chico se acerca a Cloe.—A ver, muéstrame qué es lo que tienes.
Ella le muestra los videos. La cara de él ahora muestra más sorpresa e incredulidad que antes.—¿Qué?¿Cómo?¿Dónde lo conseguiste, niña?
—¡Hey! No me llames niña, soy un año mayor que tú.—Corrige sin responder las preguntas del chico.
—¿Qué?—Pregunta confundido.—¿Cuántos años tienes?
—25 añazos.—Dice regocijándose, sintiéndose más grande y madura por su edad. Y sí, es más grande, tiene más de 2000 años, pero madura no es, ni un poco.
—Bueno es solo un año, no es tanto. Además, serás mayor que yo, pero a veces te comportas como una niña de 5 años.
Cloe rodó los ojos ante el comentario de Lorenzo, pero no tuvo tiempo de replicar. El peso de las dos invitaciones de gala en su bolsillo le recordó que el tiempo corría y que Leonardo Kotch seguía libre, probablemente brindando por su impunidad.—Déjate de tonterías, “Loro” —sentenció ella, recuperando la seriedad y guardando la cámara con un celo casi violento—. ¿Dónde está Astrid?