Dónde muere el paraíso, nace la muerte

Capítulo 8: Seda Negra, Sangre Roja

Cloe se observó en el espejo de su departamento, aún con la nariz algo roja por el resfriado. Sobre la cama descansaba el vestido que había extraído de las profundidades de su armario en el inframundo, una pieza que no veía la luz desde hacía siglos. Podría haber usado un simple encantamiento para que la seda se fundiera sobre su cuerpo en un segundo, pero esta noche era distinta. Quería sentir el proceso. Quería que cada capa de tela fuera un recordatorio de que, por primera vez en milenios, estaba nerviosa por alguien.

Se deslizó la prenda con cuidado, sintiendo el frío de la seda negra contra su piel, un contraste térmico que le devolvió la lucidez. El corpiño, bordado con intrincados detalles en un violeta amatista que parecía brillar con luz propia, se ajustó a su torso como una segunda armadura. Al subir el cierre, el vestido moldeó su figura, recordando que, aunque su corazón latiera de forma irregular, su presencia seguía siendo imponente.

Se tomó un momento para acomodar la falda, dejando que la caída pesada de la tela negra ocultara y revelara su pierna a través de la pronunciada abertura. Con dedos expertos, se colocó los pendientes de brillantes que capturaban la escasa luz del departamento. Al final, se soltó el cabello, dejando que las ondas oscuras cayeran sobre sus hombros, ocultando parcialmente el escote de vértigo.

Ya no era solo la chica que discutía con Lorenzo o la que temblaba ante la mirada de Astrid. Al mirarse por última vez, vio a la criatura que el destino había diseñado para caminar entre los vivos y los muertos. Se aplicó un labial rosa claro, guardó la invitación restante en un pequeño bolso y sonrió frente al espejo. La Muerte nunca se había visto tan viva.

La mansión de campo en Miami de los Kotch era ridículamente grande, lujosa y ostentosa. Estaba empezando a oscurecer. la brisa fresca se estaba haciendo presente.

Cloe empezó a temblar un poco del frío, pensó que podría soportar el clima y no se llevó ningún abrigo, aún seguía resfriada, se veía algo cansada y con la nariz un poco roja.

Al llegar a la entrada de la mansión, dos guardias esperan para ver las entradas de los invitados.

—¡Astrid!—Cloe saluda con la mano a la mujer que estaba en uno de los escalones esperando a que sea su turno.

La detective voltea a ver al origen de su llamado. Cuando ve a Cloe algo en ella hace clic. Siente una descarga que recorre la columna, no como un susto, sino como un reconocimiento. El sonido del entorno se desvanezca y solo queda nítida la imagen de Cloe, como si el enfoque de una cámara se ajustará de golpe. Su pecho se comprime, no por dolor, sino por asombro. Como si dos planetas que viajaban en órbitas solitarias chocaran suavemente, cambiando su trayectoria para siempre. Su cerebro se queda congelado procesando lo que tiene enfrente. Siente como si la película pasara de blanco y negro a color en un fotograma. Como si escuchara el acorde final de una canción que ni siquiera sabías que estabas cantando. Es como un terremoto silencioso; por fuera todo sigue igual, pero por dentro los cimientos se han movido. La ve como un rayo en un día despejado. Su corazón se detiene por un segundo pero luego empieza a latir salvajemente. Sus mejillas se ponen un poco rojas. La observa de pies a cabeza, su cabello ni muy lacio ni muy ondulado, con ese color marrón que la caracteriza. El vestido que se ajusta perfectamente a cada una de sus curvas, el escote que deja al desnudo la piel de su pecho, la pierna que asoma por un corte de su falda, sus piernas blancas, largas y delgadas, todo de ella hace que su mundo de vueltas y que rompa su escudo emocional que tanto había luchado por levantar y mantener.

Astrid parpadeó, tratando de recuperar el aire que parecía haberse escapado de sus pulmones. Cloe se detuvo en el mismo escalón que ella adelantándose en la fila, tiritando levemente, con esa sonrisa radiante que contrastaba con su nariz enrojecida y sus ojos cansados.—Te dije que estuvieras a la altura del enigma —susurró Cloe, su voz un poco ronca por el resfriado, pero cargada de una seguridad que hizo temblar a Astrid.—Pero creo que te has pasado de la raya, Astrid. Estás… Bien.

Astrid bajó la mirada hacia la invitación que apretaba en su mano, ocultando una sonrisa que amenazaba con romper su última defensa.

—Tú estás temblando, idiota —respondió Astrid con suavidad, dando un paso hacia ella—. Y no tienes abrigo.

—No lo necesito.—Su voz algo temblorosa al principio pero logra sostenerla.

Astrid endurece su rostro por un momento. Cloe voltea a ver a la detective su mirada la recorre de arriba abajo, está vestida con un traje negro algo ajustado a su cuerpo, a ella le parecía raro, pensaba que Astrid era más del tipo femenino, que usaba vestidos de marcas caras, con maquillaje que la haría parecer una muñeca sin vida y tacones lo suficientemente altos que tenga que hacer equilibrio para mantenerse en pie, pero en cambio, ella es simple, usa un traje que aunque sí parece caro, es simple, y no tiene nada de maquillaje en el rostro.—Tu… ¿Eres de ese tipo de mujeres?¿No?

—¿A qué te refieres con “ese tipo de mujer”?

La fila avanza, es su turno de mostrar sus invitaciones a los guardias para que las dejen entrar. Ambas les entregan las cartas, los hombres las observan por un momento, como si las hubieran descubierto, después de observarlas por unos segundos que se sintieron eternos, los guardas las dejan pasar. La puerta de la mansión se abrió, y el eco de la fiesta las invitó a entrar en la guarida del monstruo.

El aire cálido y perfumado del interior de la mansión las envolvió, apagando por un momento el temblor de Cloe y el ruido de los pensamientos de Astrid. Frente a ellas, el salón estallaba en oro, risas hipócritas y copas de cristal, pero el verdadero monstruo aún no aparecía. Cloe sintió el roce del traje de Astrid contra su brazo y, por un instante, el miedo a Leonardo Kotch fue reemplazado por un temor mucho más antiguo: el de perderse en los ojos de la mujer que caminaba a su lado. La puerta se cerró tras ellas, sellando su salida. El enigma ya no era solo el asesinato; el enigma eran ellas dos.



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En el texto hay: misterio, romance, ficcion

Editado: 05.04.2026

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