«¿Qué es esto? Lo que siento en el pecho… Es líquido… Algo espeso… Huele a metal… Esto es familiar… Duele… Mucho ¿Así es como se siente el dolor? Pensé que nunca lo sentiría… Ahora entiendo por qué la gente grita tanto al momento de morir… Espera… ¿Eso significa que voy a morir…? No… Por favor, no… Todavía ella no lo sabe… Quiero… Necesito que sepa lo que siento por ella antes de morir… Bueno… Por lo menos soy yo y no ella… No… Yo no puedo morir… Soy yo… Nadie puede matarme… Sobreviví a cosas mucho peores… Un simple disparo no puede matarme… Pero… ¿Y si muero? ¿Qué seguirá después de morir para mí…? No creo merecer el cielo… No… Para nada… No soy una persona que lo merezca… Tal vez el infierno… Puede ser… Me pregunto cuál será mi castigo por el resto de la eternidad… ¿Iré al infierno de entidades milenarias? No lo creo… Oh mierda… Duele mucho…»Piensa Cloe.
Astrid nota como el agarre de Cloe se debilita, la siente más fría y menos temblorosa, ya no se mueve. En ningún momento sueltan la mano de la otra.
Las luces se encienden de golpe, la música no vuelve, los invitados ya no hablan.
La detective voltea a ver a Cloe, al verla, la encuentra con un disparo en el pecho del lado del corazón. Es sorprendente como todavía no cayó al suelo, ella sigue de pie, observando a Astrid.
A la mujer se le encoge el corazón, ver cómo la joven con la que hace un momento estaba bailando ahora estaba de pie con un disparo en el pecho.
«Tengo que permanecer en pie… Entrené para cosas peores toda mi vida… Esto no me puede vencer… No puedo caer rendida aquí… Yo no soy débil… No soy una simple mortal… Tengo que aguantar… un poco más… Tal vez… La herida tarda en curarse… Solo… Unos segundos más… Debo aguantar… »Piensa Cloe.
Segundos después, la muchacha pierde la conciencia. Cae para adelante. Astrid la agarra antes de que toque el suelo. Ella la mira inconsciente, no sabe cómo reaccionar. Una lágrima tras otra empiezan a caer de su rostro. Tapa la herida con una de sus manos para que no se desangre, mientras la otra la mantiene cerca de ella.
Astrid voltea a ver a donde le pareció que salió el disparo, ve a un hombre de traje negro con un arma en mano corriendo hacia la puerta. Nadie lo detiene. Nadie grita. Nadie hace nada, solo se quedan viendo al cuerpo desangrándose de la chica.
La ira y la desesperación invaden el cuerpo de Astrid. Cierra sus ojos para que no la vean llorar, no puede mostrarse tan débil delante de toda esa gente. El aire parece cortarse por un momento, las respiraciones se cortan. Repentinamente, el aire se hace visible en forma de dos alas de 4 metros desplegándose desde la espalda de Astrid, al desplegarse completamente, una ráfaga de viento azota la mansión, rompiendo las ventanas, levantando los sombreros de los caballeros y las faldas de las damas, las copas vuelan, las lámparas que cuelgan del techo se columpian bruscamente de un lado a otro, algunos niños y adolescentes casi salen volando. Ese fue el detonante. La gente empezó a gritar, desesperados, corriendo de un lado a otro buscando la salida.
La ola de viento no se detiene, las cosas no paran de volar de un lado a otro. Algunas personas vuelan y caen al piso bruscamente, tal vez rompiéndose algún hueso.
El viento cesa cuando no hay más gente en el salón, las alas desaparecen.
«¡¿Qué mierda acaba de suceder?!»Piensa Astrid. Está confundida, no entiende que acaba de suceder, voltea a ver a su alrededor, el lugar parece campo de guerra: ventanas rotas, copas en el suelo, platos rotos, comida por el suelo y las paredes. Todo era un desastre.
En el hospital, la luz del sol iluminaba la habitación, acababan de operar a Cloe para sacarle la bala. Lo sorprendente es que el disparo tuvo que haber dado en el corazón, pero a pocos centímetros se desvió como si estuviera rodeado de un escudo antibalas.
A pesar de la entrada de la luz solar, la habitación se sentía oscura.
La detective entra en la habitación.—Disculpe, señor…
El señor voltea a verla. Su mirada es penetrante y misteriosa.—Eres Astrid ¿Cierto?
—Sí ¿Cómo lo sabe?—Pregunta Astrid, el hombre le da una mala vibra.
—Cloe me habló mucho sobre ti.—Da unos pasos para acercarse a la mujer.—Soy Samael. Soy el Padre de Cloe.
—Su Padre…—Repite para ella misma.—Mucho gusto.—Astrid toma asiento en el pequeño sillón a un lado de la cama donde Cloe descansa.
Samael se sienta en una silla en la esquina de la habitación. Durante lo que Astrid sintió pasó una hora sin que intercambien palabras. El zumbido de las máquinas era lo único que se escuchaba. El ambiente era tenso.
—¿Cómo sucedió?—Pregunta Samael rompiendo el silencio.
—¿Eh?—Astrid se sobresaltó, no esperaba que el Padre de Cloe le hablara.
—¿Cómo sucedió?—Repite para la chica.
—No sé. Todo pasó muy rápido. En un momento todo estaba tranquilo y al otro todo se apagó, las luces, la música, la gente dejó de hablar, y luego… el disparo, no logré ver quién disparó. No puedo imaginar quién podría hacer algo así.—Mira al suelo, se siente culpable por no poder hacer algo para ayudar.—No sé qué pasó después, cuando dejé de escuchar los gritos de los invitados, todo estaba hecho un desastre, las ventanas rotas, comida por el suelo y las paredes, copas rotas por todos lados.
Samael frunce el ceño.
«Miguel solía presentarse en forma de viento ante los humanos cuando lo hacía en su forma humana. Que raro ¿Será acaso que…? No, es imposible, me hubiera llegado un comunicado del cielo si fuese así»Piensa el Rey de las tinieblas. Las dudas lo carcomen por dentro.
—¿Sentiste algo durante la gran ventisca?
«¿Qué ventisca? No le conté nada sobre una ventisca ¿O sí?»Piensa Astrid.—No sentí nada. Creo. No recuerdo nada de ese momento.
—¿Eres católica?—La pregunta de Samael es directa y fría.
—¿Disculpe?
—Si crees en Dios.
—Mis padres no son de ir a la Iglesia, pero si creen en que hay alguien allí arriba manejando todo.