Dónde muere el paraíso, nace la muerte

Capítulo 10: Pequeña Gárgola

La recuperación de Cloe fue un proceso silencioso y veloz. Bajo la vigilancia constante de Samael, las pastillas de extracto oscuro (amargas y densas como la sangre vieja) obligaron a su cuerpo a recordar su naturaleza eterna. La piel se cerró sobre sí misma en un murmullo de células que no conocían la muerte, borrando cualquier rastro de la herida en tiempo récord. Sin embargo, mientras su pecho sanaba, la grieta en su paciencia solo se hacía más profunda.

Ella en su departamento podía gozar del lujo que era tener privacidad, algo que en la mansión de Samael en el infierno no podía permitirse. Vanta seguía con Abel. A su Padre no le gusta estar mucho allí ya que le recuerda que su pequeña está creciendo y cada vez lo necesita menos.

A Samael nunca le gustó compartir sus cosas, mucho menos a su hija. Ella es su mayor tesoro. Un premio que le entregó su Padre sin él merecerlo. Lucifer nunca se llevó bien con Dios, pero desde que conoció a Cloe, no es que empezara a respetarlo, pero entendió que todo era parte de un plan, su plan.

Él solo quería hacerla feliz estando al lado de ella, pero ver que su pequeña princesa está cada vez más grande y que ahora otra persona la hace feliz lo deja en segundo plano completamente. Aunque Cloe no quiera hacerlo, le hace mucho daño a su Padre, prefiriendo la existencia de una simple mortal antes que la compañía del que la crió y la formó como una mortal-inmortal

Samael observa desde la calle del frente el departamento de Cloe.—Todo esto era campo.—Susurra para sí mismo. Observa con cierta nostalgia a lo que su hija llama “hogar”. Antes de que empezaran a construir en Miami, Samael y Cloe solían ir en el verano a disfrutar de la playa y el atardecer.

Los días en la Tierra son increíbles y hermosos, pero los amaneceres y atardeceres son algo superior, son como si el Inframundo y el Cielo colisionaran formando un manto rojo intenso, naranja, amarillo, rosa, violeta, celeste y azul, con miles de estrellas iluminando la oscuridad de la noche. Lastimosamente, ahora que tanto como Cloe y la humanidad crecieron, no se puede ver las bellezas naturales que se presentan a la mañana y a la noche. Samael no los puede ver con Cloe porque ella ahora prefiere verlos sola, aunque tampoco se puede ver mucho, ya que la contaminación ambiental que el humano generó y los miles de edificios que se construyeron obstruyen la vista. A veces Samael se propone extinguir a la humanidad para poder disfrutar las bellezas de la naturaleza en la Tierra junto a su pequeña, pero él no cree que Cloe se lo vaya a tomar bien.

Cuando Samael nota que la gente que pasaba por la calle se lo quedaba viendo decidió moverse de ahí, parecía un acosador, estuvo mucho tiempo allí parado sin moverse ni un poco, cualquiera con un poco de sentido común pensaría que o está loco o está acosando a alguien. Sin parecer más sospechoso, desaparece discretamente.

Cloe se sentía como en casa, y lo estaba, acababa de volver a su departamento y la señora de la limpieza estaba allí.

—Señorita Cloe ¿Qué le pasó? Dos meses estuve viniendo y no la vi en ningún momento. Me preocupé, le pregunté a los vecinos de abajo y me dijeron que estaba internada en el hospital.

—Doña Evelyn, no se preocupe, estoy bien. Le agradezco mucho que aunque no haya estado los últimos dos meses, vino de todos modos a limpiar, ahora le doy la paga de estos últimos meses.

—No se preocupe por eso, señorita, sin apuros. Me tomé el atrevimiento de preguntarle a sus vecinos si sabían algo del gatito Vanta, me dijeron que un joven alto, de pelo marrón se lo llevó ¿Es un amigo suyo?

Ese era Abel, aunque no debería, pero tampoco hay alguna ley que diga que no se puede, a veces visita la Tierra por mera curiosidad, para ver los avances de la humanidad y esas cosas.—Es un primo lejano, le pedí que cuide al gato mientras no estaba en casa.

—Que bueno, señorita, me alegro que tenga familia dispuesta a ayudarle.—Doña Evelyn mira de reojo el reloj de la cocina.—Bueno, yo ya terminé aquí, así que mejor me voy y la dejo que descanse. Tengo que hacerle de comer a mis hijos y ellos no esperan.—Comenta la señora con algo de prisa. Agarra su abrigo y su bolso y sale del departamento.

Apenas la señora de la limpieza se va, ella se tira a su cama como si de una pileta se tratara, se relajó, por fin podía descansar tranquila, sin que una enfermera la este molestando cada hora y media dándole medicamentos que no le hacían efecto y comida que sabía peor que el blodpalt de 1900. Se sentía como si estuviera acostada en una nube, las camas de los hospitales no suelen ser muy cómodas y estar por fin acostada en su cama era un gran alivio para sus dolores en la columna. Cerró los ojos lentamente, sentía los párpados pesados y le ardían, logró dormirse en segundos, cuando despertó, a la tarde de ese mismo día, se levantó con las energías renovadas, ya no existía ningún dolor en la espalda, ni pesadez ni ardor en los ojos. Sentía que había renacido. Se dio una ducha refrescante para terminar de despabilarse, después se puso una remera y un pantalón que encontró en su armario, no lo pensó mucho, solo quería cubrirse un poco, luego se secó el pelo con una toalla de manos, lo peinó lentamente (Su pelo es una de las cosas que más cuida, no le gusta tenerlo enredado ni mal cuidado). Agarra las llaves de su auto y sale de su departamento decidida, pero ¿Decidida a qué? ¿Qué quiere hacer? ¿Tiene algún plan? La respuesta es no, ni ella sabe.

Conduce por las calles de Miami, cuando se estresa eso logra calmarla aunque el tráfico de Miami suele ser agotador, cuando está enojada y maneja para relajarse tiene la suerte de que no haya tanto movimiento, aunque a veces su suerte falla.

Se detiene enfrente de una mansión, la casa de Astrid. Baja del auto y toca el timbre, no tarda mucho en abrir la puerta una señora que es muy parecida a la detective.

—Buenas tardes, ¿Puedo hablar con Astrid?—Saluda Cloe, esconde sus brazos detrás de ella y endereza su postura.



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En el texto hay: misterio, romance, ficcion

Editado: 20.04.2026

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